a acabar, el espíritu de un oso blanco de dimensiones tremendas, brotó del
subsuelo y terriblemente lo atravesó y en un segundo lo evaporó de la faz de
aquel mundo interno.
Entonces, de repente, como en acto solemne, todos los ejércitos se callaron y
pararon de blandir espadas, mientras contemplaban absortos y atónitos la divina
comedia trágica. Pero no tardó mucho para que la batalla continuara
Después de pasar por aquel sentimental escenario, ya nada se interponía entre
ellos y el templo. Por fin estaban ahí. Todo estaba a punto de terminar. El templo
era interminable. Poseía grandes y grotescos muros grisáceos junto a torres
inmensas que parecieran acariciar el cielo. Giba se dirigió hacia un cubo
misterioso, el cual flotaba sobre sí mismo y tenía inscripciones en una lengua
desconocida. Así, ubicándose en el centro de la edificación, dijo otra vez las
mismas palabras sin sentido y el cubo se partió en siete pedazos, dejando así
desnuda la viscosa sustancia de tonalidad púrpura. De ahí emergió una cantidad
de criaturas invisibles como hologramas ficticios, las cuales salieron volando
despavoridas por el inmenso mapa. Incluso se divisó una cantidad interminable de
Dioses, salir de allí. Después, todo estaba listo. Los dos compañeros que habían
sufrido juntos toda clase de penas, aferraron el maletín por fin para poder lanzarlo
a la sustancia viscosa y densa, pero algo ocurrió. Un caballero negro se había
colado de entre las tropas, y como medio volando por el denso y caluroso aire,
enterró un espadazo justo en el vientre de Giba. Éste cayó al suelo mientras el
caballero lo miraba y terminaba furioso de enterrarle más tajadas violentas.
Tres caballeros blancos llegaron a la escena y expulsaron el alma del otro con
flechas envenenadas directo del tártaro. Pero nada mejoró. El viejo hombre se tiró
al suelo desconsolado, viendo como se vertía la sangre de su amigo impotente
entre sus piernas. Se arrodilló frente a él y le acarició delicadamente el rostro
desorganizado. Sabía que en poco moriría.
Era la situación más dura jamás contemplada. Los tres soldados blancos ahora
eran siete, y mientras los nueve presentes lloraban, Giba se dirigió nuevamente a
su amigo y le dijo
-¡Ve!, ¡no pierdas tiempo por favor; no hay nada que esperar! Te prometo que
cuando vuelvas aún estaré - agonizando y agarrando con su mano dura la
sangre que le brotaba del vientre terminó - Anda Anda - Ya desvaneciéndose
por última vez su pesada y tierna voz
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