C(h)arácter Vol 1 March-April 2013 | Page 70

C(H)ARÁCTER Rehusándose y triste, Ogiba aceptó y partió con el maletín, casi sin poder levantar su cuerpo del peso que le causaba la tristeza melancólica. Llegó al sitió de la sustancia púrpura y viscosa y violentamente tiró el maletín. De repente ya no había batalla alguna. Todos los seres habían desaparecido, y ya sólo se encontraba alrededor de ellos el ejercito blanco, con sus espadas y estandartes, con sus almas y sus banderas altas. Ogiba regresó al lado del cuerpo de su amigo, y lo primero que notó fue que ya no estaban más allí. Se encontraban de nuevo en aquella primera cueva donde todo empezó, y ya no estaba solamente su amigo. También estaba acompañado por un caballo, grande como el cielo; por un gato tierno como el amor; y por una pequeña criatura blanca que estaba acurrucada ahí, indefensa. Entonces ahí estaba todo, como una pintura. El momento final. Ya todo acabaría. Rodeándolos, el ejercito blanco en silencio. Todos llorando con los yelmos abajo en acto solemne, y como en una tarima, el caballo, el gato, la criatura, Giba y Ogiba, estaban todos delirando Entonces, frente al absurdo sol rojo, cielo amarillo y nubes naranjas, Giba se dirigió a su amigo por última vez, y mientras apoyaba la mano en su hombro y escupía triste sangre de su boca, le dijo -Recuerda recuerda todo, y a cada una de las personas Por favor, recuérdame a mí recuérdame como el amigo que estuvo en tus brazos en su muerte, y que mientras sonaba la triste orquesta del silencio atrás, murió Delirando, en su último acto, pronunció - Y recuerda siempre lo más hermoso de cualquier hombre, mujer, animal, o criatura, quien quiera que sea La sonrisa Y sonrió Sonrió. Ese fue su último acto. Hizo algo que nadie más en el lugar estaba haciendo. Fue aquel rey, pobre, humilde y olvidado, el cual nadie quería, porque algún día se había vestido profano con trapos viejos, pero que en realidad era más rico que cualquiera, por la simple razón, de que sabía mirar a los ojos y sonreír 70