C(H)ARÁCTER
Nada más que belleza - Llorando desbordante y desesperado, y justo antes de
ahogarse por el aroma que expulsaba su brumoso y melancólico aliento, dijo Jamúl
El hombre no entendió esto, pero el momento era tan bello que no quería
interrumpirlo para preguntar. Se adentraron más en aquel gigante mundo.
Llegaron al frondoso campo que ya les era familiar y, en el fondo de una cuna
formada por hojas delgadas de trigo, se apareció él Otra vez, la criatura blanca
y pequeña que yacía acurrucada junto al caballo y al maletín en la finca del
hombre. Ogiba se acercó corriendo y lo alzo, delicado, como a un viejo amigo.
Entonces la criatura le dijo llorando
-Has vuelto o tal vez no. Tal vez yo he sido quien ha vuelto, porque, recuerda
que aquí estamos y que aquí seguiremos estando por siempre, como
condenados a que nuestras almas dancen solas y enamoradas por primera
vez - Los tres ya se encontraban saciados de lloriqueo, pero no por tristeza, ni
también por felicidad, sino mas bien por recuerdo: por ese recuerdo lejano y
melancólico que a todos nos une y nos unirá siempre A continuación, frente al denso cielo que pintaba todo el paisaje de rayos de sol
rojizos, la criatura desapareció de nuevo, como en un acto de último adiós.
Entonces el hombre se dio cuenta que era su alma despidiéndose por siempre. A
continuación, ya afanados y sabiendo que pronto terminaría todo, los dos
compañeros partieron al destino que divisaban por fin. Atrás aparecieron
centenares de oscuras criaturas, es más, tal vez millones de ellas. Eran como
caballeros oscuros de túnicas opacas y armaduras ensangrentadas por los
punzones de la cabellera. Entonces Giba se detuvo y, como haciendo magia,
gritó desesperado al cielo opaco, y de allí provino un rayo blanco, el cual se
esparció temible por todo el campo. Atrás del rayo apareció un ejército de
cantidades pavorosas. Pero eran como seres de luz. Tenían aspecto de elfos
sagrados, con ojos rojos, pieles y armaduras pálidas y blancas como la nieve.
Impulsados por el viento de sus capas, se abalanzaron contra los enemigos y se
dio inicio a la carnicería mas grotesca jamás presenciada por un hombre
Después de esto, los dos se dirigieron apurados al templo, en donde a mitad de
camino fueron interrumpidos por lo más temible que alguien pudiera imaginar: el
mismísimo Arragmed, rey de los muertos que aún seguían con vida. Él era mudo,
pero como si pudiera hablar telepáticamente, se sintió por completo su odio e ira.
Después, a punto de abalanzarse hacia ambos personajes como si ya todo fuera
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