irían a vagar-, pudieron ver por fin al otro lado la Cuenca, iniciando así el
descenso por la misma loma. Al llegar ya no había nadie. Parecía un pueblo
fantasma. No se escuchaba un solo suspiro en las vacías calles, ya nunca más
se podían observar los caucásicos transeúntes ordinariamente melancólicos.
Entonces supieron que algo andaba mal. Pero lo pasaron por alto.
Después de un rato de merodear perdidos en las figuras confusas de los dédalos
que se formaban en las calles, divisaron el santuario. Rojo, alto y tosco, pero con
un aspecto totalmente sublime y humilde, pasaron las empedradas calles y
empujaron de nuevo la gran puerta de madera negra que chirriaba como nunca
antes, ya que estaba frotándose con el áspero suelo de finas baldosas. Y
adentrándose así, cada vez más en la profana capilla, llegaron al muro de la
anterior vez, el cual seguía igual de agrietado y húmedo, pero seco. Después de
contemplar, maravillados ambos, toda la estructura, se dirigieron al muro, y
nuevamente en aquella lengua extraña, Giba mencionó los códigos misteriosos,
causando así el repentino movimiento de las rocas, y junto a parpadeos de luces
tintineantes de tintura verde, roja, naranja, rosada, blanca y violeta, se partió el
muro de nuevo en dos gigantes tablones de piedra, los cuales desnudaron por
completo la maravilla que ahora contemplaban frente a sus ojos.
En ese momento, el pobre de Ogiba ya sólo recordaba a los Hierosolimitanos
transeúntes nómadas de sus tierras en la colorida Texas. De repente, como si
vomitara emoción por sus ojos contempló aquella maravilla. Tras ese muro se
encontraba el mismísimo paraíso en roca maciza y caliza. El humano y el
extraño, juntos, contemplaron aquello. Veían primero el larguísimo corredor que
enviaba a unos amplios jardines verdes, los cuales poseían también pomelos y
porotos verdes, como el antiguo campo de sus recuerdos. Asimismo, hacia arriba
se veía el cielo más bello y triste de todos los tiempos. Era como color canela, y
con un sol rojo como la sangre de un lobo sobre la nieve, las nubes de tintura
naranja danzaban pesadas alrededor, mientras pájaros misteriosos volaban
alrededor. Y justo allí, en la esquina del frondoso paisaje, se elevaba el templo
más grande jamás visto. Era colosal y parecía ser tragado por la frondosa maleza
que recubría, aledaño, y en forma de dédalo los alrededores, tragándoselo así,
de forma paulatina. Poco a poco e inconscientemente, los dos cuerpos saciados
de romance se fueron inclinando hacia el frente, y dieron así, los primeros pasos
en la piedra tosca del corredor infinito
-Es un mundo dentro del otro. Sólo pasa aquí en la tierra y éste no es el único Dijo Giba como a punto de llorar. Continuó - Jamúl, amigo mío. Es el Jamúl.
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