C(h)arácter Vol 1 March-April 2013 | Page 66

C(H)ARÁCTER Al final de la lucha, todas las criaturas se encontraban tendidas en el piso, justo encima del tapiz rojizo que habían propinado por todo el lugar, puesto a las constantes ebulliciones sanguíneamente truculentas. Tras esto, el tirador bajó de la loma y atendió las necesidades de su compañero. Se encontraba terriblemente herido, y también estaba tendido en el suelo. Esta vez no podría curarse por sí mismo, puesto que la energía proporcionada a su espíritu artificial no era eterna y ya se estaba agotando. Giba sabía que su tiempo estaba contado, pues en cuanto se le acabara esta dicha energía, moriría como desparramado por su mismo peso. Por eso, se levantaron rápida y bruscamente del piso para poder llegar nuevamente a la capilla rojiza. No obstante, el trote que llevaban los afanados caminantes ahora era muchísimo más lento, ya que las heridas impedían por completo la agilidad. Llegaron a un punto de la caminata en el cual se encontraban rodeados por un hermoso campo de Pomelos y Porotos verdes, los cuales expulsaban un aroma exquisito. Asimismo, a lo alto ya estaba asomado el sol creciente y radiante del campo, el cual a su alrededor no tenía aledaña a una sola nube, pudiendo así iluminar cada rincón de aquel campo, dando así el aspecto de que junto a aquella choza lejana, en la esquina de la loma, se asomaría alguno de los vates más sabios de la región. Claramente el campo parecía no ser para nada execrable, pero por completo, era algo magníficamente inclinado a la entelequia. De repente, y junto a uno de los pomelos más altos del misterioso dédalo que los recubría, Giba, como recostándose, tendió su gigante y extraña mano sobre el hombro flácido de su decrepito compañero. Y, mientras éste exudaba de sus mas intimas entrañas el último liquido viscoso de su ser, le dirigió la mirada y dijo -Moriré Pero aún no - Pronunció Giba, totalmente exhausto, y continuó- y si por acaso llego a estar agonizando antes de entregar el maletín a la viscosidad púrpura, te pido que, sin pensarlo, me abandones y vayas a entregarlo tú. No lo olvides - Soltó un suspiro de dolor y casi que cae al piso, mientras tiritaban crujientes sus huesos El hombre asintió con la cabeza tristemente, aunque aún dudando de su capacidad mental para cu mplir con la encomienda, volviéndose así un poco superficial, como con carácter de orate. Continuaron así su travesía a través del melancólico campo que los encerraba cada vez más. Cuando de repente, después de escalar la alta cima de aquella loma al norte,donde se podía divisar impotente el místico paisaje donde las mayores mandrias 66