C(h)arácter Vol 1 March-April 2013 | Page 65

Ese día llegaron enormes seres de luz, los cuales eran casi invisibles, y fueron ellos quienes expulsaron a las criaturas oscuras. Y fueron ellos quienes se encargaron de abrirle los ojos a cada una de las personas existentes, propagando así la música, el amor y la pasión a todos los lugares. Luego, ya cuando se había establecido totalmente el terrible estandarte de la luna y la perpetua oscuridad,- y ambos individuos recapacitaban aquella historia-, se fueron a dormir Helios Había llegado el día. Ambos individuos se levantaron emocionados. Aquella mañana era terrible. El sol ardía por encima de sus cabezas de forma colosal, creando así un ambiente de cólera extraño, el cual, sin embargo, no empapó a los dos solitarios individuos. A lo lejos se divisaba una colina verde como los ojos de Giba, y en la esquina, un río, azul como los ojos de Ogiba. También había un bosque tremendamente frondoso justo en el centro. No había nada más que esperar. Giba se irguió colosal frente a su compañero y le indicó que ya era hora de partir -Debemos irnos. La hora ha llegado - Un poco preocupado, pero perseverante, continuó - Es nuestro deber estar preparados. Tal vez muramos pero todo será en nombre de la vida, amigo mío - Ogiba se tragó un bocado de saliva e impotente, asintió con la cabeza Fueron caminando de nuevo a la ciudad, por un camino empedrado pero de carácter definitivamente turulete. Ambos iban conversando sobre asuntos de la vida. No obstante y sin embargo, jamás descuidaron la guardia. Durante toda la travesía se vieron terriblemente preocupados, ya que sabían que cuerpos de dimensiones desconocidas, los estaban siguiendo entre la frondosa y espesa maleza. De repente aparecieron más de diez y siete criaturas rodeándolos. Eran largas, altas, lánguidas, y poseían un aspecto grisáceo y baboso. Parecían no tener ojos, y para concluir el espectáculo, levitaban por sí mismas Ogiba agarró bruscamente el fusil y escondió el maletín en las fauces profundas de Giba. El propósito era escalar rápidamente la cima de la montaña para que los tiros fueran más certeros, mientras Giba le arrancaba trozos de carne con sus fauces Así fue. Ogiba, en menos de siete segundos, se encontraba en la cima. Apuntó el fusil y disparó. El primer tiro fue certero. Cayó justo en la sien del animal más alto y decrepito del grupo. Así siguieron cayendo uno por uno, creándose así mismo una carnicería insaciable. 65