Ese día llegaron enormes seres de luz, los cuales eran casi invisibles, y fueron
ellos quienes expulsaron a las criaturas oscuras. Y fueron ellos quienes se
encargaron de abrirle los ojos a cada una de las personas existentes, propagando
así la música, el amor y la pasión a todos los lugares. Luego, ya cuando se había
establecido totalmente el terrible estandarte de la luna y la perpetua oscuridad,- y
ambos individuos recapacitaban aquella historia-, se fueron a dormir
Helios
Había llegado el día. Ambos individuos se levantaron emocionados. Aquella
mañana era terrible. El sol ardía por encima de sus cabezas de forma colosal,
creando así un ambiente de cólera extraño, el cual, sin embargo, no empapó a los
dos solitarios individuos. A lo lejos se divisaba una colina verde como los ojos de
Giba, y en la esquina, un río, azul como los ojos de Ogiba. También había un
bosque tremendamente frondoso justo en el centro.
No había nada más que esperar. Giba se irguió colosal frente a su compañero y le
indicó que ya era hora de partir
-Debemos irnos. La hora ha llegado - Un poco preocupado, pero perseverante,
continuó - Es nuestro deber estar preparados. Tal vez muramos pero todo
será en nombre de la vida, amigo mío - Ogiba se tragó un bocado de saliva e
impotente, asintió con la cabeza
Fueron caminando de nuevo a la ciudad, por un camino empedrado pero de
carácter definitivamente turulete. Ambos iban conversando sobre asuntos de la
vida. No obstante y sin embargo, jamás descuidaron la guardia. Durante toda la
travesía se vieron terriblemente preocupados, ya que sabían que cuerpos de
dimensiones desconocidas, los estaban siguiendo entre la frondosa y espesa
maleza. De repente aparecieron más de diez y siete criaturas rodeándolos. Eran
largas, altas, lánguidas, y poseían un aspecto grisáceo y baboso. Parecían no
tener ojos, y para concluir el espectáculo, levitaban por sí mismas Ogiba agarró
bruscamente el fusil y escondió el maletín en las fauces profundas de Giba. El
propósito era escalar rápidamente la cima de la montaña para que los tiros fueran
más certeros, mientras Giba le arrancaba trozos de carne con sus fauces Así
fue. Ogiba, en menos de siete segundos, se encontraba en la cima. Apuntó el fusil
y disparó. El primer tiro fue certero. Cayó justo en la sien del animal más alto y
decrepito del grupo. Así siguieron cayendo uno por uno, creándose así mismo una
carnicería insaciable.
65