Tras una larga lista de toma de decisiones, decidió escaparse algún día de aquella
prisión mística para ver por primera vez el mundo real. Pero nunca lo hizo
pasaron años, siglos, e incluso tal vez milenios, quién sabe Hasta que un día
logró pararse del trono y escaparse del palacio. Sabía que apenas saliera iba a
estar condenado a morir. Pero no le importo. Pasó mucho tiempo. Observaba
todos los días absorto el horizonte, y contemplaba cómo su cuerpo y espíritu se
envejecían.
Hasta que un día murió, como un buen hombre alto, gordo y de barba blanca en el
pueblo más humilde, tierno y pequeño del universo. Luego de eso, de repente,
como de milagro, el pobre hombre despertó, en un lugar extrañísimo en el cual se
hablaban lenguas incomprensibles, y al mirarse a sí mismo se dio cuenta que se
encontraba en un cuerpo de niño, y que acompañado por su madre y por una
manzana, le esperaba su primer día de escuela
Ese día llegaron repentina y hermosamente unas criaturas grandes y blancas, a
las cuales les era debido destruir las cárceles en las que se encontraban los
hombres. Asimismo les era un encargo destruir las criaturas que previamente
habían llegado al mundo, devolviendo así la tranquilidad mental a cada persona.
Luego, ya cuando se había establecido totalmente el terrible estandarte de la luna
y la perpetua oscuridad,- y ambos individuos recapacitaban aquella historia-,
llegaron nuevos soldados de Arragmed, y tras varias horas de lucha en las cuales
Giba y Ogiba recibieron un arduo entrenamiento se fueron a dormir
Día de Afrodita y Psique, el sexto
Despertaron ambos, el clima era terriblemente frío, pero esto no impidió gastar un
poco de energía para producir comida artificial directo de las entrañas de Giba,
mientras tanto, comiendo, Giba se dirigió a su amigo humano, y le dijo
-Verás hace tiempo, cuando mi imperio era joven y la vida era efímera para
cada una de las personas y seres, pasó algo maravilloso. Afrodita y Psique, eran
dos seres lejanos, uno del sur y otro del norte. Ambas criaturas eran caprichosas y
enloquecidamente románticas. Un día, bajo el melancólico aroma de los pinos, se
encontraron y se enamoraron. Pero eran tan caprichosas que pretendían que la
otra persona les hablará, ya que se sentían demasiado importantes como para
ellas saludar. Al fin y al cabo, nunca se saludaron y nunca se pudieron amar, por
caprichosas. Y ahí están y seguirán estando, esperando a que le hable la una a la
otra en un acto desesperado de amor, pero eso, eso nunca pasará
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