Charles Dickens | Page 79

patio mientras los otros niños continuaban en clase. Cuando les veía asomarse furtivamente a las ventanas, sentía una espe cie de orgullo, y andaba más despacio y más triste, y cuando terminó la clase y se acercaron a hablarme estaba satisfecho de mí mismo por no ser orgulloso con ellos y acogerlos exactamente como antes. Debía partir al día siguiente por la noche; pero no en la diligencia, sino en un coche llamado El Labrador», que estaba destinado principalmente para los campesinos que ha cían sólo pequeñas distancias. Aquella noche no contamos historias, y Traddles se empeñó en dejarme su almohada. No sé qué bien pensaría hacerme con aquello, pues yo tenía una; pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto un papel lleno de esqueletos que me entregó al partir como consuelo de mis penas y para que contribuyera a la paz de mi espíritu. Dejé Salem House al día siguiente por la tarde. ¡Qué poco me imaginaba que era para no volver nunca! Viajamos muy despacio por la noche y llegamos a Yarmouth a las nueve o las diez de la mañana. Miré, buscando a Barkis; pero no le encontré. En su lugar estaba un hombrecito grueso y de aspecto jovial, vestido de negro, con unos lacitos en las rodillas de sus pantalones cortos, medias negras y sombrero de ala ancha. Se acercó a la ventanilla del coche y dijo: -¿Mister Copperfield? -Sí, señor. -¿Quiere usted hacer el favor de venirse conmigo --dijo abriendo la portezuela- y tendré el gusto de llevarle a su casa? Me agarré de su mano preguntándome quién sería, y llegamos por una calle estrecha delante de una tienda en cuya fachada se leía: «Omer, tapicero, sastre, novedades, funeraria, etc.». Era una tienda ahogada y pequeñita, llena de toda clase de vestidos, hechos y sin hacer, con un escaparate repleto de sombreros y cofias. Pasamos a otra habitación que había detrás de la tienda, donde se encontraban tres mucha chas cosiendo ropa negra, color del que estaba también cubierta la mesa; asimismo el suelo estaba lleno de trocitos pequeños. Había un buen fuego en la habitación y olía mucho a crespón tostado. Yo no conocía aquel olor hasta entonces; pero ahora lo reconocería siempre. Las tres muchachas, que parecían trabajadoras y alegres, levantaron la cabeza para mirarme y después siguieron su trabajo: cosían, cosían, cosían; al mismo tiempo, de un taller que había al otro lado del patio llegaba un martillar monó tono: rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat. -Bien -dijo mi guía a una de las tres muchachas-. ¿Cómo va eso Minnie? -Terminaremos a tiempo -replicó alegremente y sin levantar la vista-; descuide, papá. Míster Omer se quitó el sombrero, se sentó y resopló. Es taba tan grueso, que se vio obligad o a resoplar muchas veces antes de poder decir: -Está bien. -Padre -dijo Minnie riéndose-, ¡está usted engordando como un cerdo! -Tienes razón, querida. No comprendo el porqué ---dijo reflexionando-; pero es así. -Es que es usted un hombre muy tranquilo --dijo Minnie- y que toma las cosas con calma. -¿Y para qué tomarlas de otro modo, querida? -dijo míster Omer. -No, naturalmente -replicó su hija---. Aquí todos somos alegres, gracias a Dios. ¿Verdad, papá? -Así lo creo -dijo míster Omer-. Ahora que he des cansado voy a tomar medida a este niño. ¿Quiere hacer el favor de pasar a la tienda, míster Copperfield? Precedí a míster Omer, quien después de enseñarme una pieza de tela, que me dijo era extrafina y demasiado buena, no siendo para luto de parientes muy cercanos, me tomó