que hablaba de eila en aquellas circunstancias, la noble seguridad con que arrojaba lejos
de sí la más ligera duda sobre su fidelidad.
-Me he casado con esa mujer -continuó el doctor cuando casi era una niña, antes de que
su carácter estuviera formado siquiera. Yo había contribuido a su educación. Conocía
mucho a su padre y también a ella. Le había enseñado todo lo posible, por cariño a sus
grandes dotes. Si la he hecho daño, como creo, abusando sin darme cuenta de su agradecimiento y de su afecto, le pido que me perdone desde el tondo de mi corazón.
Recorrió de nuevo la habitación y después volvió al mismo lugar; su mano temblorosa
oprimía el sillón; su voz vibraba con una emoción contenida.
-Me consideraba respecto a ella como un refugio contra los peligros de la vida; me
figuraba que a pesar de la desigualdad de nuestras edades podría vivir tranquila y dichosa
a mi lado. Pero no crean que he dejado de pensar en que un día la dejaría fibre, todavía
bella y joven. únicamente esperaba que para entonces la dejaría con un criterio más
formado para hacer su elección. Sí, señores, esta es la verdad, ¡por mi honor!
Su honrado rostro se animaba y rejuvenecía bajo la inspiración de tanta nobleza y
generosidad. Había en cada una de sus palabras una fuerza y una grandeza que sólo la
altura de aquellos sentimientos podía dar.
-Mi vida con ella ha sido muy dichosa. Hasta esta tarde, había bendecido
constantemente el día en que había cometido con ella, sin darme cuenta, una injusticia tan
grande.
So voz temblaba cada vez más. Se detuvo un momento, y después prosiguió:
-Una vez despierto de mi sueño (he sido siempre un po bre soñador, de una manera o de
otra, toda mi vida), comprendo que quizá sea natural que piense con sentimiento en su
antiguo amigo, en su camarada de la infancia. Quizá sea demasiado verdad que piensa en
él con algo de tristeza, que piensa en lo que hubiera podido ser si yo nó me hubiera interpuesto. Durante esta hora dolorosa que acabo de pasar con ustedes he recordado y
comprendido muchas cosas en las que no me había fijado antes. Pero, caballeros,
recuerden que ni una palabra ni un soplo de duda debe manchar el nombre de esta mujen
Por un instante su mirada se encendió y su voz se aseguró. Después se calló de nuevo, y
por último prosiguió:
-Sólo me queda soportar con la mayor resignación que pueda el sentimiento de
desgracia de que soy culpable. Ella es quien debía acusarme, y no yo a ella. Mi deber
ahora es protegerla contra todo juicio temerario, juicio cruel del que ni mis amigos han
estado libres. Cuanto más lejos vivamos del mundo más fácil me resultará esto. Y cuando
llegue el día (que Dios, con su gran misericordia, hará que no tarde demasiado) en que la
muerte la deje libre, cerraré los ojos después de haber contemplado su querido rostro con
una confianza y un amor sin límites. Entonces la dejaré sin tristeza libre para que viva
más dichosa.
Las lágrimas me impedían verle; tanta bondad, tanta sencillez y fortaleza me
conmovían hasta el fondo del corazón. Se dirigía hacia la puerta cuando añadió:
-Caballeros, les he enseñado mi corazón. Estoy seguro de que lo respetarán. Lo que
hemos hablado esta noche no debe repetirse nunca. Wickfield, amigo mío, dame el brazo
para subir.
Míster Wickfield acudió presuroso, y salieron lentamente sin cambiar una sola palabra.
Uriah los seguía con los ojos.
-Y bien, míster Copperfield -dijo volviéndose hacia mí con benevolencia-. La cosa no
ha resultado del todo como yo esperaba, pues el viejo sabio (¡qué hombre tan excelente!)
es más ciego que un murciélago; pero, lo mismo da: a esta familia ya la he echado fuera
del carro.