-Es que yo sólo lo consideraba desde mi punto de vista -continuó míster Wickfield-. Por
todo lo que le es que rido, amigo mío, le suplico que reflexione por sí mismo; me veo
obligado a confesarle que no puedo por menos...
-No; es imposible, míster Wickfield. Una vez que ha llegado usted ahí...
-Me veo obligado a confesar -dijo míster Wickfield mirando a su asociado con
expresión lastimosa y desolada- que he dudado de ella, que he creído que faltaba a sus
deberes con usted, y si es necesario decirlo todo, a veces me ha preocupado mucho la
idea de que Agnes le tenía cariño al ver lo que veía, o al menos lo que creía ver mi
imaginación. Nunca se lo he dicho a nadie. Me hubiera guardado muy bien de insinuar
siquiera la idea. Y por terrible que le resulte a usted oírlo -terminó míster Wickfield,
vencido por la emoción-, si supiera lo que me duele decírselo tendría lástima de mí.
El doctor, en su gran bondad, te tendió la mano. Míster Wickfield la retuvo un
momento entre las suyas y bajó tristemente la cabeza.