-Yo no debí explicarme bien ni usted tampoco -continuó-. Naturalmente, no teníamos
muchos deseos de extendernos sobre semejante asunto. Sin embargo, por fin me he
decidido a hablar con claridad y le he dicho al doctor Strong que... ¿Decía usted algo,
caballero?
Esto último se dirigía al doctor, que había dejado oír un gemido. Ningún corazón
hubiera podido por lo menos conmoverse, excepto el de Uriah.
-Decía al doctor Strong -prosiguió - que todo el mundo podía ver que entre míster
Maldon y su encantadora prima había demasiada intimidad. Y en realidad ha llegado el
momento (puesto que nos encontramos mezclados en cosas que no debían ser) de que el
doctor Strong sepa lo que estaba ya claro como el día para todo el mundo antes de la
partida de míster Maldon para la India: que míster Maldon no ha vuelto por otra cosa, y
que por eso mismo se pasa aquí la vida. Cuando usted ha entrado, caballero, rogaba a
míster Wickfield, mi asociado, que dijera, bajo su palabra de honor, al doctor Strong si
desde hace mucho tiempo no pensaba lo mismo. Míster Wickfield, ¿quiere usted tener la
bondad de decírnoslo? ¿Sí o no, caballero? ¡Vamos, asociado!
-¡Por amor de Dios, amigo mío --dijo míster Wickfield poniendo de nuevo su mano
indecisa sobre el brazo del doctor-, no dé demasiada importancia a las sospechas que yo
haya podido abrigar!
-¡Ah! -exclamó Uriah sacudiendo la cabeza-. ¡Qué triste confirmación a mis palabras!
¡Un amigo tan antiguo! Pero, Copperfield, ¡yo no era todavía más que un empleadillo en
su despacho cuando ya le veía yo, no una vez, sino veinte, muy disgustado (con razón, en
su calidad de padre, y no seré yo quien le critique) al ver a miss Agnes mezclada en cosas
que no debían ser!
-Mi querido Strong -dijo míster Wickfield con voz temblorosa-, amigo mío, no necesito
decirte que siempre he tenido el defecto de buscar en todo el mundo un móvil dominante
y de juzgar todos los actos de los hombres con esa me dida estrecha. Quizá es eso lo que
también me ha engañado en estas circunstancias, haciéndome tener dudas temerarias.
-¿Ha tenido usted dudas, Wickfield? ¿Ha tenido usted dudas? ---dijo el doctor sin
levantar la cabeza.
-Hable usted, Wickfield --dijo Uriah.
-Sí; las he tenido alguna vez --dijo míster Wickfield-; pero .... ¡que Dios me perdone!,
creía que usted también las tenía.
-No, no, no -respondió el doctor en tono patético.
-Creí -continuó Wickfield- que cuando deseaba us ted enviar a Maldon al extranjero era
con objeto de conseguir una separación deseable.
-No, no, no -respondió el doctor-;era para dar gusto a Annie, buscando un porvenir a su
compañero de infancia. Nada más.
-Ya lo he visto después -contestó míster Wickfield- y no podía dudarlo; pero creía ....
recuerde usted, se lo repito, que siempre he tenido la desgracia de juzgar desde un punto
de vista demasiado estrecho .... creía que en un caso donde había una diferencia tan
grande de edad...
-Así es como hay que considerar la cosa, ¿no es verdad, míster Copperfield? -observó
Uriah con una hipócrita a insolente piedad.
-No me parecía imposible que una persona tan joven y tan bella pudiera, a pesar de todo
su respeto por usted, ha berse dejado llevar, al casarse, por consideraciones exclusivamente mundanas. No pensaba en otra multitud de razones y sentimientos que podían
haberla decidido. ¡Por amor de Dios, no olvide eso!
-¡Qué interpretación caritativa! -exclamó Uriah moviendo la cabeza.