Charles Dickens | Page 378

En los momentos de tranquila reflexión nunca lo había temido, y, sin embargo, fue para mí un descanso inexplicable recibir la seguridad de aquella boca cándida y sincera. Se lo dije vivamente. -Ahora ya - le dije- no podemos estar seguros de poder hablar a solas otra vez. ¿Tardarás mucho en volver a Londres cuando te marches, mi querida Agnes? -Probablemente sí -respondió-. Creo que para mi padre vale más que permanezcamos en nuestra casa. Así es que no nos veremos a menudo durante mucho tiempo; pero escribiré a Dora, y por ella sabré noticias tuyas. Llegamos al patio de la casa del doctor. Empezaba a ser tarde. En la habitación de mistress Strong brillaba una luz. Agnes me la señaló y me deseó las buenas noches. -No te preocupes - me dijo al estrecharme la manopensando en nuestras inquietudes. Nada me hace tan dichosa como tu felicidad. Si alguna vez puedes ayudarme, ten la seguridad de que te lo pediré. ¡Que Dios siga bendiciéndote! Su sonrisa era tan tierna y su voz tan alegre, que todavía me parecía ver y oír a su lado a mi pequeña Dora. Permanecí un momento en la puerta con los ojos fijos en las estrellas y el corazón lleno de amor y agradecimiento; después eché a andar lentamente. Había alquilado una habitación cerca de allí a iba a atravesar la verja, cuando, volviendo casualmente la cabeza, vi luz en el despacho del doctor, y me entró el remordimiento de que quizá había trabajado en el diccionario sin mi ayuda. Quise saberlo y darle las buenas noches, si estaba todavía entre sus libros, y atravesando suavemente el vestíbulo entré en su despacho. La primera persona a quien vi a la débil luz de la lámpara fue a Uriah. Me sorprendió mucho. Estaba de pie al lado de la mesa del doctor, con una de sus manos de esqueleto cubriéndose la boca. El doctor, sentado en su sillón, tenía la cabeza oculta entre las manos. Míster Wickfield, con expresión cruelmente preocupada y afligida, se inclinaba hacia adelante, sin atreverse apenas a tocar el brazo de su amigo. Por un momento pensé que el doctor se había puesto enfermo. Me acerqué a él apresuradamente; pero encontrándome con la mirada de Uriah, comprendí al momento de lo que se trataba. Quise retirarme; mas el doctor hizo un gesto para detenerme, y me quedé. -De todos modos -dijo Uriah retorciéndose de un modo horrible- haríamos bien cerrando la puerta: no hay necesidad de que se entere todo el mundo. Al mismo tiempo se acercó a la puerta de puntillas y la cerró con cuidado. Después v