El sonido de su voz me hizo sentir tal acceso de rabia, que nunca lo he tenido igual
antes ni después.
-¡Miserable! -exclamé- ¿Por qué pretende usted mezclarme en sus intrigas? ¿Cómo se
ha atrevido hace un momento a acudir a mi testimonio? ¡Vil embustero! ¡Como si
hubiéramos discutido juntos semejante cuestión!
Estábamos uno frente a otro. Leía claramente en su rostro su secreto triunfo; sabía que
me había obligado a oírle úni camente para desesperarme y que me había tendido expresamente un lazo. Era ya demasiado. Su flaca mejilla estaba a mi alcance, y le di tal
bofetada, que mis dedos se estreme cieron como si los hubiera metido en el fuego.
Él cogió la mano que le había golpeado, y permanecimos mucho rato mirándonos en
silencio, lo bastante para que las huellas blancas que mis dedos habían impreso en su
mejilla se transformaran en rojo violeta.
-Copperfield --dijo, por fin, con voz ahogada-, ¿se ha vuelto usted loco?
-¡Déjeme en paz! -dije arrancando mi mano de la suya- Déjeme en paz, perro; no le
conozco.
-Verdaderamente -dijo poniéndose la mano sobre la mejilla dolorida-, por mucho que
haga usted no podría por menos de reconocerme. ¿Sabe que es usted muy ingrato?
-Le he demostrado ya muchas veces todo lo que le desprecio, y acabo de probárselo
más claramente que nunca. ¿Por qué temer tratarle como se merece por miedo a que
perjudique a los que le rodean? ¿No les hace ya todo el daño que puede?
Comprendió perfectamente esta alusión a los motivos que hasta entonces me habían
obligado a moderarme. Pero creo que no hubiera llegado a hablarle así ni a castigarle con
mi propia mano si no hubiera recibido aquella misma noche la seguridad de Agnes de que
nunca sería suya.
Hubo de nuevo un largo silencio. Mientras me miraba, sus ojos parecían tomar los
matices más repugnantes.
-Copperfield - me dijo separando la mano de su mejilla-,siempre me ha hecho usted la
contra. Sé que en casa de míster Wickfield siempre estaba usted en contra mía.,
-Puede usted creer lo que le parezca -le dije con có lera-. Si no es verdad, peor para
usted.
-Y, sin embargo, yo siempre le he querido, Copperfield -añadió.
No me digné a responderle y cogí mi sombrero para salir de la habitación; pero él vino
a interponerse ante la puerta.
-Copperfield - me dijo-, para querellarse hay que ser dos, y yo no quiero ser uno de
-ellos.
-¡Váyase al diablo!
-¡No diga eso! -contestó-. ¡Después lo sentirá! ¿Cómo puede ponerse tan por debajo de
mí demostrándome un carácter tan malo? Pero le perdono.
-¡Me perdona! -repetí con desdén.
-Sí, y no puede usted impedírmelo -respondió Uriah-. ¡Cuando pienso que me ha
atacado usted a mí, que siempre he sido para usted un amigo verdadero! Pero cuando uno
no quiere dos no regaña n, y yo no quiero. Quiero ser su amigo a pesar suyo. Ahora ya
sabe usted mis sentimientos y lo que debe esperar de ellos.
Estábamos obligados a bajar la voz para no turbar el silencio de la casa a aquella hora
avanzada, y su voz era humilde; pero la mía no, y la necesidad de contenerme no me
ayuda nada a mejorar de humor; sin embargo, mi cólera empezaba a calmarse. Le dije
sencillamente que esperaba de él lo que había esperado siempre y que nunca me había
enga ñado. Después abrí la puerta por encima de su hombro, como si hubiera querido