sin embargo, me quería demasiado para no sacrificar por la tranquilidad general algunas
de sus singularidades.
El único miembro de nuestra pequeña sociedad que se negó positivamente a adaptarse a
las circunstancias fue Jip. No podía ver a mi tía sin meterse debajo de una silla, rechinando los dientes y gruñendo sin descanso. De vez en cuando dejaba oír un aullido
lamentable, como si le pusiera verdaderamente nervioso. Se intentó por todos los me dios,
acariciándole, regañándole, pegándole, llevándole a Buckingham Street, donde se lanzó
inmediatamente contra los dos gatos; pero no se lo