hubiera podido pasar así, sin acordarme lo más mínimo de Traddles, si miss Lavinia no
hubiera venido a buscarme. Miss Lavinia adoraba a Dora (me dijo que Dora era su vivo
retrato de cuando era joven. ¡Cómo debía haber cambiado!) y la trataba como un juguete.
Quise convencer a Dora de que saliera a ver a Traddles; pero en cuanto se lo propuse
corrió a encerrarse en su habitación; por lo tanto, fui sin ella a reunirme con Traddles, y
nos marchamos juntos.
-No podía haberte salido mejor -dijo Traddles-, y estas dos señoras son muy amables.
No me extrañaría nada que te casaras muchos años antes que yo, Copperfield.
-¿Tu Sofía toca algún instrumento, Traddles? -pregunté con orgullo en mi corazón.
-El piano lo sabe tocar lo bastante para enseñar a sus hermanitas --dijo Traddles.
-¿Y canta?
-Algunas veces canta baladas para divertir a las otras cuando no están de buen humor
-dijo Traddles-; pero nada extraordinario.
-¿Y no canta acompañándose de la guitarra?
-¡No, Dios mío!
-¿Y pinta? .
-No -dijo Traddles.
Le prometí que oiría cantar a Dora y que le enseñaría las flores que pintaba. Me dijo
que le encantaría, y volvimos del brazo muy felices. Yo le animaba a que me hablara de
Sofía, y lo hacía con tanta ternura y confianza en ella, que me conmovía. La comparaba
con Dora en el fondo de mi corazón, con gran satisfacción para mi amor propio; pero
reconociendo que sería una excelente mujer para Traddles.
Como es natural, le conté inmediatamente a mi tía el dichoso resultado de nuestra
charla y la puse al corriente de todos los detalles. Se sentía feliz al verme tan dichoso, y
me prometió ir cuanto antes a ver a las tías de Dora. Pero aque lla noche, mientras yo
escribía a Agnes, se estuvo paseando tanto rato de arriba abajo por la habitación, que
estuve a punto de creer que pensaba seguir así hasta la mañana siguiente.
Mi carta a Agnes, llena de afecto y reconocimiento, le detallaba todos los buenos
resultados de los consejos que me había dado. Me contestó a vuelta de correo con una
carta llena de confianza, razonable y contenta; desde aquel día siempre me demostró la
misma alegría.
Tenía más trabajo que nunca; pero aunque Putney estaba lejos de Highgate, donde tenía
que ir todos los días, iba todo lo que podía. Como no me era posible ir a casa de Dora a la
hora del té, obtuve por medio de miss Lavinia el permiso para ir todos los sábados
después de comer, sin que eso impidiera mi visita del domingo. Por lo tanto, cada semana
terminaba con dos días dichosos, y los demás se pasaban dul cemente en espera de
aquellos.
Me tranquilizó mucho que mi tía y las tías de Dora se entendieron mutuamente mucho
mejor de lo que yo había esperado. Mi tía hizo su visita pocos días después de la charla, y
unos días más tarde las tías de Dora se la devolvieron en toda regla y con gran ceremonia.
Aquellas visitas se renova ron, pero de un modo más amistoso, cada tres semanas. Mi tía
revolucionaba todas las ideas de las tías de Dora con su desdén por los coches de alquiler,
que no utilizaba nunca, prefiriendo ir a pie hasta Putney, y por su modo despreocupado
de juzgar los prejuicios de la civilización, llegando a horas intempestivas, un momento
después del desayuno, o un momento antes del té, o porque se ponía el sombrero del
modo más extraño, con el pretexto de que le resultaba más cómodo. Pero pronto se
acostumbraron las tías de Dora a considerar a mi tía como una persona extravagante, algo
hombruna, pero dotada de gran inteligencia; y aunque mi tía expresaba a veces sobre
ciertos convencional ismos sociales opiniones heréticas, que aturdían a las tías de Dora,