-Veamos, pequeña: si estuviéramos casados y tuvieras que comprar una pierna de
cordero para nuestro almuerzo, ¿sabrías comprarla?
El lindo rostro de Dora se alargaba, y adelantaba los labios como si prefiriera cerrar los
míos con uno de sus besos.
-¿Sabrías comprarla, pequeña? -repetía yo, inflexible.
Dora reflexionaba un momento y después me contestaba triunfante:
-Pero el carnicero ya sabría vendérmela, ¿qué más da? ¡Oh Doady, qué tonto eres!
En otra ocasión le preguntaba a Dora, mirando el libro de cocina, lo que haría si
estuviéramos casados y yo le pidiera para comer uno de aquellos ricos asados a la
irlandesa. Y ella me respondió que le diría a la cocinera: « Haga usted un asado».
Después palmoteó y se agarró de mi brazo riendo, más encantadora que nunca.
En consecuencia, el libro de cocina sólo sirvió para ponerlo en un rincón y que Jip se
subiera en dos patas encima. Pero Dora estuvo tan contenta el día que consiguió que Jip
permaneciera allí un momento con el lápiz entre los dientes, que no me arrepentí de
haberlo comprado.
Volvimos a la guitarra, a los ramos de flores, a las canciones sobre el placer de bailar
siempre, tralalá, y toda la semana se pasaba en regocijos. De vez en cuando, me hubiera
gustado poder insinuar a miss Lavinia que trataba, dema siado, como un juguete a mi
querida Dora; pero terminé por confesarme que también a veces yo caía en falta y la
trataba como los demás, aunque no era muy a menudo.
CAPÍTULO II
UNA DESGRACIA
Comprendo que no debía ser yo quien contara, aunque este manuscrito sólo sea para
mí, el ardor con que traté de progresar en mi trabajo para corresponder a las esperanzas
de Dora y a la confianza de sus tías. Únicamente añadiré a lo que ya he dicho que mi
perseverancia en aquella época y la paciente energía que empezaba a formar el fondo de
mi carácter son las cualidades a que sobre todo he debido más adelante la felicidad del
éxito. He tenido mucha suerte en los asuntos de esta vida; muchas personas han trabajado
más que yo sin tanto resultado; pero creo que nunca hubiera podido hacer lo que he hecho
sin las costumbres de puntualidad y orden que empezaba a contraer y sobre todo sin la
facultad que adquirí de concentrar toda la atención en un solo objeto, sin preocuparme
por lo que tendría que hacer quizá al momento siguiente. ¡Dios sabe que no lo escribo
para vanagloriarme! Verdaderamente habría que ser un santo para no sentir, al repasar la
vida como lo hago aquí página a página, muchas facultades descuidadas y muchas
ocasiones favorables desperdiciadas, muchos errores y muchas faltas. Es probable que,
como cualquier otro, haya aprovechado mal los dones recibidos. Lo que quiero decir
sencillamente es que desde entonces todo lo que he tenido que hacer en este mundo he
tratado de hacerlo bien; que me he dedicado por completo a lo que he emprendido, y que
tanto en las cosas pequeñas como en las grandes he perseguido siempre seriamente mi
objetivo. No creo que sea posible, ni aun a aquellos que tienen familias numerosas, conseguir el éxito si no unen a su talento natural cualidades sencillas, sólidas, laboriosas, y
sobre todo una legítima confianza en sí mismos. No hay nada en el mundo como «querer». Facultades excepcionales y ocasiones propicias forman, por decirlo así, los dos
escalones de la escala que hay que subir; pero, ante todo, es necesario que los barrotes
sean de una madera dura resistente; nada podrá reemplazar, para conseguir el éxito, a una
voluntad seria y sincera. En lugar de tocar las cosas con la punta del dedo, yo me
entregaba en cuerpo y alma, y fuera cual fuera mi obra, nunca intentaba despreciarla.
Estas son reglas con las que me ha ido bien.