sorpresa que salen de una caja cuando se levanta la tapa. Creo haber oído el tic tac de un
viejo reloj rococó que adornaba la chimenea, y traté de poner mi corazón al unísono; pero
¡latía demasiado! Creo que buscaba con los ojos algo que me recordase a Dora; pero no
vi nada. Creo también que oí ladrar a Jip a lo lejos, y que al momento ahogaron sus
ladridos, y, en fin, estuve a punto de lanzar a Traddles a la chimenea al hacer una
reverencia, muy confuso, a dos diminutas señoras vestidas de negro que parecían dos
miniaturas del difunto míster Spenlow.
-Siéntese, se lo ruego -dijo una de las dos señoras.
Cuando dejé de empujar a Traddles y conseguí sentarme, por fin, en una silla (primero
me había sentado encima de un gato), recobré el suficiente aplomo para darme cuenta de
que mister Spenlow debía de ser seguramente el más joven de la familia: debía de haber
seis a ocho años de diferencia entre las dos hermanas. La más joven parecía ser la que llevaba la voz cantante, pues tenía mi carta en la mano (con qué temor la reconocí) y la
consultaba de vez en cuando con sus lentes. Las dos hermanas iban vestidas igual; pero la
más joven llevaba algo que le daba un aire más coquetón; no sé si alguna puntilla más en
el cuello, o un broche, o un braza lete, pero algo así, que le daba un aspecto más juvenil.
Las dos eran tiesas, tranquilas y acompasadas. La que no tenía mi carta llevaba los brazos
cruzados sobre el pecho, como un ídolo.
-¿Mister Copperfield, supongo? -dijo la que tenía mi carta en la mano dirigiéndose a
Traddles.
Era un modo de empezar terrible. ¡Traddles teniendo que explicar que mister
Copperfield era yo, y yo teniendo que reclamar mi personalidad, mientras ellas a su vez
se veían obligadas a deshacerse de la opinión preconcebida de que Traddles era míster
Copperfield! ¡Una situación deliciosa! Además oírnos claramente los ladridos de Jip y
que de nuevo le hacían callar.
-¡Mister Copperfield! -dijo la hermana que tenía la carta.
No sé lo que hice; probablemente saludé; después presté la atención más sostenida a lo
que me dijo la otra hermana.
-Como mi hermana Lavinia es más competente que yo en semejantes materias, ella le
dirá lo que nos parece más oportuno, teniendo en cuenta el interés de ambas partes.
Más adelante supe que miss Lavinia era una autoridad en los asuntos del corazón
porque hacía mucho tiempo había existido un tal míster Pidger que jugaba al whist y que,
según creían, había estado enamorado de ella. Mi opinión es que aquello era una
suposición completamente gratuita y que mister Pidger había sido inocente de semejante
sentimiento; el caso es que nunca lo había demostrado. Pero miss Lavinia y miss Clarissa
creían como artículo de fe que le hubiera declarado su pasió n si la muerte no se le hubiera
llevado en la flor de la edad (a los sesenta años), a consecuencia del abuso del alcohol,
corregido con poca oportunidad con el abuso de las aguas de Bath. Y hasta sospechaban
las dos hermanas que su secreto amor era la ca usa de su muerte. Debo decir que en el
retrato que conservaban de él tenía una nariz roja que no hubiera hecho sospechar
semejante cosa.
-No haremos historia del pasado -dijo miss Lavinia-; la muerte de nuestro pobre
hermano Francis lo ha borrado todo.
-No nos tratábamos mucho con nuestro hermano -dijo miss Clarissa-; pero no había
ninguna querella entre nosotros; Francis seguía su camino y nosotras el nuestro, porque
nos pareció que era lo mejor que se podía hacer en interés de ambas partes, y era verdad.
Las dos hermanas se inclinaban del mismo modo hacia adelante para hablar; después
sacudían la cabeza y se erguían cuando habían terminado. Miss Clarissa no movía nunca