-¿Sabes? --dijo Traddles poniéndose serio-. Mi caso ha sido muy complicado,
Copperfield, y que me ha hecho sufrir mucho. Sofía es tan útil en su casa, que no podían
hacerse a la idea de que se casara. Hasta habían decidido entre ellos que no se casaría
nunca, y la llamaban siempre la «solterona». Así es que cuando empecé a hablar a
mistress Crewler, con todas las precauciones imaginables...
-¿La mamá?
-Sí. El padre es el reverendo Horace Crewler, de quien ya te he hablado. Cuando
empecé a hablar a mistress Crewler, a pesar de todas mis precauciones para prepararla,
lanzó un grito y se desvaneció. Tuve que esperar meses antes de poder abordar el mismo
asunto.
-¿Pero por fin lo hiciste?
-Fue el reverendo Horace quien lo hizo --dijo Traddles-, que es el hombre más
excelente y ejemplar en todos sentidos. Le hizo ver que, como cristiana, debía aceptar
aquel sacrificio, tanto más porque no lo era, y desechar todo sentimiento contrario a la
caridad conmigo. Yo, te doy mi palabra de honor, Copperfield, me daba horror a mí
mismo; me parecía un pájaro de presa que había caído sobre aquella familia.
-¿Espero que las hermanas estuvieran a tu favor, Tradd les?
-No del todo, pues cuando mistress Crewler ya se había hecho un poco a la idea
tuvimos que anunciárselo a Sarah. ¿Recuerdas lo que te he dicho de Sarah? Es la que
tiene algo en la espina dorsal.
-¡Ah, sí, perfectamente!
-Pues Sarah cruzó las manos, mirándome con angustia; después cerró los ojos y se puso
verde; su cuerpo estaba tieso como un palo, y durante dos días no pudo comer más que
agua con pan, a cucharaditas.
-¿Debe de ser una chica insoportable, Traddles?
-Perdona, Copperfield; pero es una chica encantadora. ¡únicamente tiene tanta
sensibilidad! Todas son lo mismo. Sofía me dijo después que no podía figurarme los
remordimientos que tenía, mientras cuidaba a Sarah. Y estoy seguro de que debió de
sufrir mucho, Copperfield; lo juzgo por mí, pues yo me consideraba como un verdadero
criminal. Cuando Sarah se restableció hubo que anunciárselo a las otras ocho, y en todas
se produjo el efecto más conmovedor. Las dos pequeñas, a quienes Sofía educa,
empiezan ahora a no odiarme tanto.
-¿Pero habrán terminado por hacerse a la idea?
-Sí..., sí; al menos creo que están resignadas -dijo Traddles en tono de duda---. A decir
verdad, evita mos hablar de ello, y lo que las consuela mucho es la incertidumbre de mi
porvenir y mis escasos medios. Pero si nos casamos será una escena deplorable y más
parecerá un funeral que una boda; además me odiarán a muerte por habérsela arrebatado.
Su rostro tenía una expresión ingenua, seria y cómica a la vez, cuyo recuerdo quizá me
impresiona ahora más que entonces, pues estaba en un estado tal de ansiedad a inquietud,
que era incapaz de fijarme en nada. A medida que nos acercábamos a la casa de misses
Spenlow me sentía más intranquilo respecto a mi aspecto externo y a mi presencia de
ánimo; tanto es así, que Traddles me propuso, para animarme, beber algo que me
repusiera un poco: un vaso de cerveza, por ejemplo. Me condujo a un café cercano, y al
salir de allí me dirigí con paso tembloroso hacia la puerta de aquellas mujeres.
Tuve como una vaga sensación de que habíamos llegado cuando vi a una doncella que
nos abría la puerta. Me pareció que entraba tambaleándome en un vestíbulo donde había
un barómetro y que daba a un saloncito en el primer piso. El salón se abría sobre un
bonito y pequeño jardín. Después creo que me senté en un diván, que Traddles se quitó el
sombrero, y que sus cabellos se enderezaron, haciéndole parecer una de esas figuritas con