los brazos. Tocaba encima de ellos con sus dedos marchas y minuetos, pero sus brazos
permanecían inmóviles.
-La posición de nuestra sobrina, al menos la posición que se le suponía, ha cambiado
mucho desde la muerte de nuestro hermano Francis. Por lo tanto, debemos creer -dijo
miss Lavinia- que la opinión de nuestro hermano sobre la posición de su hija ya no tiene
la misma importancia. No te nemos motivos para dudar, míster Copperfield, de que usted
tenga una reputación honorable y un carácter excelente, ni de que quiera usted a nuestra
sobrina, o al menos de que lo cree usted firmemente.
Respondí, como hacía siempre, sin dejar escapar la ocasión, que nunca se había am ado
a nadie como yo amaba a Dora. Traddles vino en mi ayuda con un murmullo de afirmación.
Miss Lavinia iba a hacer alguna observación, cuando miss Clarissa, que parecía
perseguida por la necesidad de aludir a su hermano Francis, tomó la palabra.
Si la madre de Dora nos hubiera dicho, el día que se casó con nuestro hermano Francis,
que no había sitio para nosotras en su mesa, hubiera sido mejor para ambas partes.
-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, quizá sería mejor no ocuparse de eso.
-Hermana Lavinia --dijo miss Clarissa-, esto se refiere al asunto. Yo no me atrevería a
mezclarme en la parte del asunto que te corresponde, pues sólo tú eres competente para
tratarla. Pero en esta otra parte del asunto me reservo mi voz y mi opinión, y hubiera
valido más, en interés de ambas partes, que la mamá de Dora nos hubiera expresado claramente sus intenciones el día en que se casó con nuestro hermano Francis. Hubiéramos
sabido a qué atenernos y le hubiéramos dicho: «Que no se molestase en invitarnos nunca
a nada». Así no hubiera habido equívocos.
Cuando miss Clarissa terminó de sacudir la cabeza, miss Lavinia tomó la palabra,
consultando mi carta a través de sus lentes. Las dos herma nas tenían los ojitos pequeños,
redondos y brillantes; parecían ojos de pájaro. En general tenían mucho de pajaritos. En
su tono breve, pronto y brusco y en la limpieza y cuidado de su ropa había algo que hacía
recordar a los canarios.
Miss Lavinia tomó la palabra:
-¿Usted nos pide a mi hermana y a mí, míster Copperfield, autorización para venir a
visitarnos como novio de nuestra sobrina?
-Si le ha convenido a nuestro hermano Francis -dijo miss Clarissa estallando de nuevo
(si es que se puede llamar estallar a una interrupción hecha con la mayor tranquilidad)-; si
ha querido rodearse de la atmósfera del Tribunal de Doctores, ¿teníamos acaso nosotras
el derecho ni el deseo de oponernos? No, de verdad. Nunca hemos tratado de imponemos
a nadie. Pero, ¿por qué no decirlo?, mi hermano Francis y su mujer eran muy dueños de
elegir sus amistades, como mi hermana Clarissa y yo de elegir las nuestras. ¡Te nemos
edad para poder hacerlo, me parece!
Como aquello parecía dirigirse a Traddles y a mí, nos creímos obligados a contestar
algo. Traddles habló demasiado bajo y no se le entendió; yo creo que dije que aquello
hacía mucho honor a todos; pero no sé lo que quería decir con aquello.
-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa después de desahogarse-, continúa.
Miss Lavinia continuó:
-Míster Copperfield, mi hermana Clarissa y yo hemos reflexionado mucho sobre su
carta, y antes de reflexionar hemos empezado por enseñársela a nuestra sobrina y por
discutirla con ella. No dudamos de que usted está convencido de quererla mucho.
-¡Sí creo quererla! ¡Señoras! ¡!Oh!...