Cayó en una silla y se puso a sollozar. Ya no le sostenía la exaltación de su pena. Uriah
salió de su rincón.
-No sé todo lo que habré podido hacer en mi locura --dijo míster Wickfield extendiendo
la mano como para suplicarme que no le condenase todavía-; pero él lo sabe; él, que ha
estado siempre a mi lado para apuntarme lo que debía hacer. Ya ves la cadena que me ha
puesto al cuello; le encuentras instalado en mi casa; le encuentras metido en todos mis
asuntos. Ya le has oído hace un momento. ¿Qué más puedo decirte?
-No tiene usted necesidad de decir más, y mejor hubiera hecho usted no diciendo nada
-repuso Uriah, en tono a la vez arrogante y servil-. No se hubiera puesto usted en ese
estado si no hubiera bebido tanto; ya se arrepentirá usted mañana, caballero. Si yo
también he dicho algo más de lo que debía, ¡vaya una cosa! Ha podido usted ver que no
me he obstinado.
La puerta se abrió y Agnes entró suavemente, pálida como una muerta; pasó su brazo
alrededor del cuello de su padre y le dijo con firmeza: «¡Papá, no te encuentras bien,
vente conmigo! ».
Él dejó caer la cabeza en el hombro de su hija, como si estuviera agobiado de
vergüenza, y salieron juntos. Los ojos de Agnes se encontraron con los míos, y vi que
sabía todo lo que había pasado.
-No creía yo que iba a tomar la cosa así, míster Copperfield -dijo Uriah-; pero esto no
es nada; mañana nos ha bremos reconciliado. Es por su bien. Yo deseo humildemente su
bien.
No le contesté una palabra y subí a la tranquila habitación donde Agnes había venido
tan a menudo a sentarse a mi lado mientras yo trabajaba. Allí permanecí hasta bastante
tarde, sin que nadie viniera a hacerme compañía. Cogí un libro y traté de leer; esperé a
que dieran las doce en los relojes, y leía todavía, sin saber lo que leía, cuando Agnes me
tocó suavemente en el hombro.
-¿Te vas mañana temprano, Trotwood? Vengo a decirte adiós.
Había llorado; pero su rostro estaba ya bello y tranquilo.
-¡Que Dios te bendiga! - me dijo tendiéndome la mano.
-Mi querida Agnes -respondí-; veo que no quieres que te hable esta noche de ello-, pero
¿no podríamos hacer nada?
-Confiar en Dios -contestó.
-¿No puedo hacer nada, yo que vengo a aburrirte con mis pobres penas?
-Tú haces las mías menos amargas, mi querido Trotwood.
-Agnes, querida mía; es una gran pretensión por mi parte el pensar darte un consejo, yo
que tengo tan poco de lo que tú posees tanto: bondad, valor, nobleza; pero ya sabes
cuánto te quiero y todo lo que te debo. Agnes, ¿no te sacrificarás nunca a un deber mal
comprendido?
Retrocedió un paso y dejó mi mano. Nunca la había visto tan inquieta.
-Dime que no has tenido semejante pensamiento, que rida Agnes; tú que eres para mí
más que una hermana, piensa en lo que vale un corazón como el tuyo, un amor como el
tuyo.
¡Ah! ¡Cuántas veces he vuelto a ver después aquel dulce rostro y aquella mirada de un
instante, aquella mirada donde no había sorpresa ni reproche ni resentimiento! ¡Cuántas
veces he visto después la encantadora sonrisa con que me dijo que estaba segura de ella
misma y que no había nada que temer; después me llamó su hermano y desapareció!
Todavía era de noche cuando al día siguiente subí a la diligencia en la puerta de la
posada. El día comenzaba a despuntar, a íbamos a partir, cuando en el momento en que