mi pensamiento se volvía hacia Agnes vi la cabeza de Uriah que se enc aramaba a mi
lado.
-Copperfield - me dijo en voz baja agarrándose al co che-, he pensado que le gustaría
saber antes de su partida que todo está arreglado. Ya he estado en su habitación y está
dulce como un cordero. ¿Ve usted? A pesar de lo humilde que soy le sirvo de algo; y
cuando no está bebido lo comprende. ¡Qué hombre tan amable después de todo! ¿No es
verdad, míster Copperfield?
Me esforcé y le dije que me alegraba mucho de que se hubiera disculpado.
-¡Oh!, de verdad -dijo Uriah-. ¿Qué importa pedir excusas? ¡Cuando se es humilde es
tan fácil! A propósito: ¿supongo, míster Copperfield -añadió con una ligera contorsión-,
que le habrá ocurrido alguna vez el coger una pera antes de que estuviera madura?
-Es probable -respondí.
-Es lo que hice yo ayer noche -dijo Uriah-; pero la pera madurará; no hay más que estar
al cuidado. Puedo esperar.
Y agobiándome con sus saludos, se bajó en el momento en que el conductor subía al
pescante. Según creo, iba comiendo algo para evitar el frío de la mañana; al menos, por el
movimiento de su boca se hubiera dicho que la pera estaba ya madura y que la saboreaba
haciendo chasquear los labios.
CAPÍTULO XX
EL VAGABUNDO
Aquella noche tuvimos una conversación muy seria en Buckingham Street sobre los
sucesos que he detallado en el último capítulo. Mi tía se tomaba el mayor interés y estuvo
paseando de arriba abajo por la habitación, con los brazos cruzados, durante más de dos
horas. Siempre que tenía algún disgusto ejecutaba una proeza semejante, y se podia sa ber
la importancia de su disgusto por lo que duraba el paseo. En aquella ocasión estaba tan
afectada, que necesitó abrir la puerta de la alcoba para tener más sitio, y recorría las dos
habitaciones de un extremo a otro, mientras mister Dick y yo, sentados inmóviles al lado
del fuego, la veíamos pasar por nuestro lado una vez y otra, con la regularidad de un
péndulo de reloj.
Cuando mister Dick nos dejó solos a mi tía y a mí, para irse a la cama, yo me puse a
escribir mi carta a las dos señoras. Entre tanto, mi tía, cansada de su paseo, se había sentado ante la chimenea, con la falda un poco remangada, como de costumbre; pero en
lugar de poner el vaso sobre sus rodillas, lo dejó encima de la chimenea y se quedó con el
codo derecho apoyado en la mano izquierda y la barbilla en la mano derecha, mirándome
pensativa. Siempre que yo le vantaba los ojos estaba seguro de encontrar los suyos.
-Te quiero más que nunca, hijo mío -me dijo-; pero estoy preocupada y triste.
Estaba demasiado preocupado con mi carta, y no me fijé, hasta después de que se
hubiera acostado, de que había dejado intacta encima de la chimenea su «poción de la
noche», como ella la llamaba. Cuando hice este descubrimiento, llamé a su puerta, y con
más cariño que de costumbre me dijo:
-No he tenido ganas de tomarlo esta noche, Trot -y movió la cabeza y se encerró de
nuevo.
A la mañana siguiente leyó mi carta para las tías de Dora, y la aprobó.
La eché al correo. Ya no tenía nada que hacer más que esperar con paciencia la
contestación. Hacía una semana que estaba en aquel estado de expectación.
Una noche volvía de casa del doctor Strong.