Agnes. Estaba fuera de sí y se arrancaba los cabellos, se golpeaba la frente y trataba de
rechazarme lejos de sí, sin contestar una sola palabra, sin ver nada, sin saber, ¡ay!, en su
desesperación ciega, lo que quería, con la mirada fija y extraviada. ¡Qué espectáculo tan
terrible!
Le supliqué, en mi dolor, que no se abandonara a aquella angustia y que me escuchara.
Le suplicaba que pensara en Agnes, en Agnes y en mí; que recordara cómo Agnes y yo
habíamos crecido juntos; ella, a quien yo quería y respetaba; ella, que era su orgullo y su
alegría. Me esforzaba en poner a su hija ante sus ojos; le reprochaba el no tener bastante
firmeza para evitarle el que se enterase de seme jante escena. No sé si mis palabras
surtieron algún efecto, o si la violencia de su cólera terminó por gastarse; pero poco a
poco se tranquilizó y empezó a mirarme, primero sin pensar, después con un rayo de
razón, y por fin me dijo: «Ya lo sé, Trotwood; mi hija querida y tú..., ya lo sé; pero él,
¡mírale!».
Me enseñaba a Uriah, pálido y tembloroso en un rincón. Evidentemente se había
precipitado, y esperaba una cosa muy distinta.
-Mira a mi verdugo -repuso míster Wickfield -; al hombre que me ha hecho perder poco
a poco mi nombre, mi reputación, mi tranquilidad, la felicidad de mi hogar.
-Decid más bien el que le ha conservado su nombre, su reputación, su tranquilidad y la
felicidad de su hogar -dijo Uriah, tratando de arreglar las cosas con una expresión de
enfado y desconcierto-. No se enfade, míster Wickf¡eld, si he llegado más lejos de lo que
esperaba; retrocederé ¡ya lo creo! Y después de todo, ¿dónde está el daño?
-Ya sabía yo que tenía un objetivo en la vida --dijo míster Wickfield- y creía que estaba
unido a mí por motivos de intereses; pero... ¡oh, lo que es este hombre!
-Haría usted bien obligándole a callar, Copperfi eld, si puede -exclamó Uriah volviendo
hacia mí sus manos huesudas-. Va a decir, fíjese bien, va a decir cosas que después
sentirá haber dicho y que usted mismo sentirá haber oído.
-Lo diré todo -exclamó míster Wickfield con acento desesperado-. Puesto que estoy en
tus manos ¿por qué no he de ponerme en las del mundo entero?
-Tenga cuidado, se lo repito -repuso Uriah dirigiéndose a mí-; si no le hace callar es que
no es usted su amigo. ¿Pregunta usted por qué no se pondrá en manos del mundo entero?
Míster Wickfield, porque tiene usted una hija. Usted y yo sabemos lo que sabemos, ¿no
es cierto? No despertemos al perro que duerme. No soy yo quien cometerá esa imprudencia. Puede usted ver que soy lo más humilde posible, y le digo que si he ido
demasiado lejos lo siento. ¿Qué más quiere usted, caballero?
-¡Oh, Trotwood, Trotwood -exclamó míster Wickfield retorciéndose las manos-. ¡He
caído tan bajo desde que lo vi por primera vez en esta casa! Estaba ya en esta pendiente
fatal; pero, ¡ay!, ¡cuánto camino! ¡Qué triste camino he recorrido desde entonces! Me ha
perdido mi debilidad. ¡Ah! ¡Si hubiera tenido la fuerza de recordar menos, o al menos de
olvidar! El recuerdo doloroso de lo que había perdido al perder a la madre de mi hija se
ha vuelto una enfermedad; mi amor por mi hija, llevado hasta el olvido de todo lo demás,
me ha dado el último golpe. Una vez con esta enferme dad incurable he infectado a mi vez
cuanto he tocado. He causado la desgracia de lo que más quiero. ¡Tú sabes si la quiero!
He creído posible amar a una criatura del mundo excluyendo a todas las demás. He creído
posible llorar a una que había dejado el mundo sin llorar con los que lloran. Así he
perdido mi vida. Me he devorado el corazón en una tristeza cobarde, y él se venga
devorándome a su vez. He sido sórdido en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en el
modo en que he escapado del lado oscuro del dolor y del afecto. Y ahora sólo soy una
ruina. ¡Oh, mira, mira mi miseria! ¡Huye de mí! ¡ódiame!