Charles Dickens | Page 352

- ¡ Pero si cuando le hablan de ello se asusta! ¿ Y si vuelve a echarse a llorar sin querer hablar de mí?- ¿ Es posible?-preguntó Agnes con el más afectuoso interés.- ¡ Ya lo creo! ¡ Se asusta como un pajarito! ¿ Y si a las señoritas Spenlow no les parece correcto que me dirija a ellas?( Las solteronas son a veces tan extravagantes...)-No creo, Trotwood-dijo Agnes levantando con dulzura los ojos hacia mí-, que debas preocuparte demasiado por eso. Según mi opinión, vale más preguntarse si está bien hecho, y si está bien, no titubear. No dudé más tiempo; me sentía el corazón más ligero, aunque con el peso profundo de la tremenda importancia de mi tarea, y me propuse dedicar la tarde a escribir la carta. Agnes me cedió su pupitre para que hiciera el borrador; pero antes bajé a ver a míster Wickfield y a Uriah Heep. Encontré a Uriah instalado en un nuevo despacho, que exhalaba un olor a cal fresca. Lo había construido en el jardín. Nunca he visto un rostro tan innoble entre una cantidad tan grande de libros y papeles. Me recibió con su servilidad de costumbre, haciendo como que no había sabido por mister Micawber mi llegada, de lo que me atreví a dudar. Me condujo al gabinete de míster Wickfield, o mejor dicho a la sombra de su antiguo despacho, pues lo habían despojado de una multitud de comodidades en provecho del nuevo asociado. Míster Wickfield y yo nos saludamos mutuamente, mientras Uriah permanecía de pie delante del fuego frotándose la barbilla con su mano huesuda.- ¿ Vivirá usted con nosotros, Trotwood, todo el tiempo que piense pasar en Canterbury?-dijo míster Wickfield, no sin lanzar a Uriah una mirada con que parecía pedir su aprobación.- ¿ Tiene usted sitio para mí?-le pregunté.-Yo estoy dispuesto, Copperfield; debía decir míster, pero el tratamiento de camarada se me viene a la boca---dijo Uriah-; estoy dispuesto a devolverle su antigua habitación si ello le resulta agradable.-No, no-dijo míster Wickfield-; ¿ para qué se va usted a molestar? Hay otra habitación, hay otra habitación.- ¡ Oh!-repuso Uriah haciendo un gesto bastante feo-; pero si es que yo estaré encantado. Por fin declaré que aceptaría la otra habitación y que si no me iría a hospedar fuera; en vista de ello se decidieron por la otra habitación. Me despedí de ellos y volví a subir. Esperaba encontrar arriba a Agnes sola, como antes; pero mistress Heep le había pedido permiso para ir a sentarse con ella al lado de la chimenea, con el pretexto de que la habitación de Agnes estaba mejor situada. En el salón o en el comedor sufría horriblemente de su reúma. Yo con gusto y sin el menor remordimiento la hubiera expuesto a toda la furia del viento en el campanario de la catedral; pero había que hacer virtud de necesidad y le di los buenos días en tono amistoso.-Le doy las gracias humildemente, caballero--dijo mistress Heep cuando le hube preguntado por su salud-; estoy así así; no tengo por qué envanecerme. Si pudiera ver a mi Uriah bien establecido, no pediría nada más, se lo aseguro. ¿ Cómo ha encontrado usted a mi Uriah, caballero? Le había encontrado tan horrible como de costumbre, y contesté que no le había encontrado cambiado.- ¡ Ah! ¿ No le encuentra usted cambiado?-dijo mistress Heep-. Le pido humildemente permiso para no ser de su opinión. ¿ No le encuentra usted más delgado?-Más que de costumbre, no-respondí.- ¿ De verdad?-dijo mistress Heep-. Es porque usted no le ve con los ojos de una madre.