Los ojos de una madre me parecieron muy malos ojos para el resto de la humanidad
cuando los dirigía hacia mí, por muy tiernos que fueran para su hijo. Creo que ella y su
hijo se pertenecían exclusivamente el uno al otro.
Los ojos de mistress Heep, después de mirarme a mí, se fijaron en Agnes.
-Y usted, miss Wickfield, ¿no encuentra que ha cambiado mucho? -preguntó mistress
Heep.
-No -dijo Agnes continuando tranquilamente su trabajo-. Se preocupa usted demasiado;
está muy bien.
Mistress Heep resopló con toda su fuerza y continuó su labor.
No abandonó ni un momento ni a nosotros ni a su labor de punto. Yo había llegado a
las doce y todavía faltaban muchas horas para la comida; pero no se movió. Estaba
sentada a un lado de la chimenea y yo estaba en el pupitre frente al hogar, y Agnes al otro
lado, no lejos de mí. Cada vez que levantaba la vista mientras escribía lentamente mi
carta, veía delante de mí el rostro pensativo de Agnes, que me inspiraba valor con su
dulce y angelical expresión; pero sentía al mismo tiempo los malos ojos que me miraban
para clavarse después en Agnes y volver enseguida a mí, bajándose después hacia la
media. No estoy muy versado en el arte de hacer media para poder decir lo que fabricaba;
pero sentada allí al lado del fuego, moviendo sus largas agujas, mistress Heep me parecía
una bruja momentáneamente detenida en sus malos designios por el ángel sentado frente
a ella; pero dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad para agarrar a su presa en sus
odiosas redes.
Durante la comida continuó vigilándonos con la misma mirada. Después de la comida
su hijo tomó su lugar, y una vez solos para los postres míster Wickfield, él y yo, se puso a
observarme de reojo, haciendo al mismo tiempo las más odiosas contorsiones. En el salón
volvimos a encontrar a su madre, fiel a su punto y a su vigilancia. Mientras Agnes cantó
y tocó el piano, la madre estaba instalada a su lado. En una ocasión pidió a Agnes que
cantara una balada que a su Uriah le gustaba con locura (durante aquel tiempo el dicho
Uriah bostezaba en su sillón y después le dijo que estaba entusiasmado). No abría nunca
la boca sin pronunciar el nombre de su hijo. Era evidente que se trataba de una consigna
que le habían dado.
Aquello duró hasta la hora de acostarse. Me sentía tan poco a mis anchas a fuerza de
ver a la madre y al hijo oscureciendo aquella morada con su horrible presencia, como dos
grandes murciélagos, que hubiera preferido permanecer toda la noche con el punto y lo
demás, mejor que it a acostarme. Apenas cerré los ojos. Al día siguiente, nueva repetición
del punto de media y de la vigilancia, que duró todo el día.
No pude lograr ni diez minutos para hablar a Agnes: apenas si tuve tiempo para
enseñarle mi carta. Le propuse que saliera conmigo de paseo; pero mistress Heep repitió
tantas veces que se encontraba muy mal, que Agnes tuvo la bondad de quedarse para
hacerle compañía. Por la tarde salí solo para reflexionar en lo que debía hacer, pues no
sabía si tenía derecho para callar durante más tiempo a Agnes lo que Uriah Heep me
había dicho en Londres, pues empezaba a inquie tarme extraordinariamente.
No había salido todavía del pueblo, por la carretera de Ramsgate, que estaba muy
hermosa para pasear, cuando me oí llamar en la oscuridad por alguien que venía tras de
mí. Era imposible confundir aquella chaqueta raída y aquel modo de andar desgarbado.
Me detuve a esperar a Uriah Heep.
-¿Y bien? -le dije.
-¡Qué deprisa anda usted! --dijo-. Tengo las piernas bastante largas; pero usted les da
bastante trabajo.
-¿Dónde va usted?