Ella calmó pronto aquel impulso de sensibilidad con la expresión de su dulce y fraternal
afecto, con sus ojillos brillantes, con su voz llena de ternura y con la calma encantadora
que siempre me había hecho considerar su morada como un lugar bendito. Animó mi
valor y me hizo, naturalmente, contarle todo lo que había sucedido desde nuestra última
entrevista.
-Y no tengo nada más que decirte, Agnes -añadí cuando terminé mi confidencia-, si no
es que cuento contigo.
-Pero no es conmigo con quien tienes que contar, Trotwood -repuso Agnes con una
dulce sonrisa-; es con otra.
-¿Con Dora? --dije yo.
-¡Naturalmente!
-Pero, Agnes, ¿no te he dicho -respondí algo confuso- que es difícil, no digo el contar
con Dora, pues es la rectitud y la firmeza mismas, pero, en fin, que es difícil, no sé cómo
expresarme, Agnes...? Es tímida, se turba, se asusta fácilmente. Algún tiempo antes de la
muerte de su padre creí que debía hablarle... Pero si tienes la paciencia de escucharme, te
lo contaré todo.
En consecuencia, le conté a Agnes lo que le había dicho a Dora de mi pobreza, del libro
de cocina, de las cuentas, etc.
-¡Oh Trotwood! -repuso ella con una sonrisa-, eres siempre el mismo. Tenías razón al
querer salir adelante en el mundo; pero ¿para qué hacer las cosas tan bruscamente con
una niña tímida, amante y sin experiencia? ¡Pobre Dora!
Nunca voz humana podía hablar con más bondad y dulzura que la suya al darme
aquella respuesta. Me parecía que la veía coger con amor a Dora en sus brazos para
besarla tiernamente; me parecía que me reprochaba tácitamente con su generosa
protección el haberme apresurado demasiado a turbar su corazoncito; me parecía que veía
a Dora, con toda su gracia ingenua, acariciar a Agne s, darle las gracias y apelar
dulcemente a su justicia para hacerse una auxiliar contra mí sin dejar de amarme con toda
la fuerza de su inocencia infantil.
¡Qué agradecido estaba a Agnes! ¡Cómo la admiraba! Las veía a las dos en una
encantadora perspectiva, unidas íntimamente, más encantadoras todavía una al lado de
otra.
-¿Qué debo hacer, Agnes? -le pregunté después de ha ber contemplado el fuego-. ¿Qué
me aconsejas que haga?
-Creo -dijo Agnes- que lo más correcto sería que escribieras a esas señoras. ¿Crees que
los secretos merecen la pena?
-No, puesto que tú no lo crees -le dije.
-Yo soy mal juez en esas materias -respondió Agnes con un modesto titubeo-; pero me
parece .... en una pala bra, me parece que no sería digno de ti... recurrir a medios
clandestinos.
-Tienes demasiada buena opinión de mí, Agnes, me temo.
-No sería digno de tu franqueza habitual -replicó-. Yo escribiría a esas dos señoras; les
contaría todo lo más sencilla y francamente que me fuera posible y les pediría permiso
para it alguna vez a su casa. Como eres joven y todavía no tienes una posición en el
mundo, creo que harías bien en decirles que te someterás con gusto a todas las condiciones que te quieran imponer. Les rogaría que no recha zaran mi petición sin hablar de
ella a Dora, cuando les pareciera oportuno. No me presentaría demasiado ardiente -dijo
Agnes con dulzura - ni demasiado exigente; tendría fe en mi fidelidad, en mi constancia y
en Dora.