No había nadie en el viejo salón; pero mistress Heep ha bía dejado las huellas de su
paso. Abrí la puerta de la habitación de Agnes. Estaba sentada al lado del fuego y escribía
ante su pupitre de madera tallada.
Levantó la cabeza para ver quién era. Y qué placer para mí observar la alegría que
expresó al verme aquel rostro reflexivo, y ser recibido con tanto cariño y bondad.
-¡Ah! -le dije cuando nos sentamos uno al lado de otro- ¡Cuánta falta me has hecho,
Agnes, desde hace cierto tiempo!
-¿De verdad? - me respondió- Pues no hace tanto que nos hemos separado.
Moví la cabeza.
-No sé en qué consiste, Agnes; pero es evidente que me falta alguna facultad que
necesito. Me habías acostumbrado de tal modo a pensar por mí en los buenos tiempos;
venía con tanta naturalidad a inspirarme en tus consejos y a buscar tu ayuda, que
verdaderamente temo haber perdido el use de una facultad de la que no tenía necesidad a
tu lado.
-¿Y cuál es? ---dijo alegremente Agnes.
-No sé qué nombre darle -respondí-, pues creo que soy formal y perseverante.
-Estoy segura --dijo Agnes.
-Y paciente, Agnes -repuse titubeando.
-Sí --dijo Agnes, riendo-; bastante paciente.
-Y, sin embargo, soy algunas veces tan desgraciado y estoy tan inquieto, tan indeciso,
tan incapaz de tomar una decisión, que evidentemente me falta, ¿cómo diríamos?..., me
falta un punto de apoyo.
-Puede que sí -dijo Agnes.
-Mira -repuse-; no tienes más que verte a ti misma. Vienes a Londres, me dejo guiar por
ti: al momento encuentro un objeto y una dirección. Se me escapa ese objeto, y vengo
aquí: pues enseguida soy otro hombre. Las circuns tancias que me afligían no han
cambiado desde que he entrado en esta habitación; sin embargo, he sufrido ya una influencia que me transforma, que me hace mejor. ¿Qué es eso, Agnes? ¿Cuál es tu
secreto?
Tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en el fuego.
-Es siempre la misma historia -le dije- No te rías porque te diga ahora, para las grandes
cosas, las mismas palabras que antes para las pequeñas. Mis antiguas penas eran
chiquilladas, y hoy son cosas serias; pero todas las veces que he abandonado a mi
hermana adoptiva...
Agnes levantó la cabeza, ¡qué rostro celestial!, y me tendió su mano. Yo la besé.
-Todas las veces, Agnes, que no has estado a mi lado para empezar las cosas con tu
aprobación, me he perdido y me he metido en una multitud de dificultades. Cuando por
fin he venido a buscarte (como he hecho siempre) he encontrado al mismo tiempo la paz
y la felicidad. Hoy todavía he vuelto al hogar, pobre viajero fatigado, y no puedes
figurarte la dulzura, el reposo que saboreo a tu lado.
Sentía tan profundamente lo que decía y estaba tan verdaderamente conmovido, que me
faltaba la voz; oculté la cabeza entre mis manos y eché a llorar. No escribo aquí más que
la verdad. No pensaba en las contradicciones ni en las consecuencias que había en mi
corazón, como en el de la mayoría de los hombres; no se me ocurría pensar que podía
haber obrado de otro mod