-Muy bien --dijo míster Spenlow.
Hubo un momento de silencio. Yo no sabía si debía continuar allí o marcharme. Por fin
me dirigí tranquilamente ha cia la puerta, con intención de decirle que creía responder a
sus sentimientos retirándome; pero me detuvo para decirme con expresión grave,
hundiendo las manos en los bolsillos de su gabán, aunque apenas si las podía hacer
entrar:
-¿Usted probablemente sabe, míster Copperfield, que no estoy absolutamente
desprovisto de bienes materiales y que mi hija es mi pariente más cercana y querida?
Le respondí con precipitación que esperaba que si un amor apasionado me había hecho
cometer un error, no me supondría por ello un alma vil a interesada.
-No me refiero a eso -dijo míster Spenlow-. Más valdría, por usted y por nosotros,
míster Copperfield, que fuera usted un poco más interesado, quiero decir más prudente y
menos fácil de arrastrar a las locuras de la juventud; pero, se lo repito desde otro punto de
vista, usted sabe que tengo algo que dejar a mi hija.
Respondí que lo suponía.
-¿Y no creerá usted que en presencia de los ejemplos que se ven aquí todos los días en
este Tribunal de la extraña negligencia de los hombres para sus decisiones testamentarias,
pues es quizá el caso en que se encuentran más extrañas revelaciones de la ligereza
humana, no creerá que no he tomado ya mis medidas?
Incliné la cabeza en señal de asentimiento.
-No consentiré -dijo míster Spenlow balanceándose alternativamente en la punta de los
pies y en los talones, mientras movía lentamente la cabeza como para dar más fuerza a
sus piadosas observaciones-, no consentiré que las disposiciones que he creído deber
tomar respecto a mi hija sean modificadas en nada por una locura de juventud, pues es
una verdadera locura; digamos la palabra, una tontería. Dentro de algún tiempo eso
pesará menos que una pluma. Pero será posible, sin embargo..., podría suceder... que si
esta tontería no fuese abandonada por completo me viera obligado, en un momento de
ansiedad, a tomar mis precauciones para anular las consecuencias de un matrimonio imprudente. Espero, míster Copperfield, que usted no me obligará a abrir ni por un cuarto de
hora esta página cerrada en el libro de la vida ni a desarreglar ni por un cuarto de hora
graves asuntos que están en regla desde hace mucho tiempo.
Había en todas sus maneras una serenidad, una tranquilidad, una calma que me
afectaban profundamente. Estaba tan tranquilo y tan resignado después de haber puesto
en orden s us asuntos y arreglado sus últimas disposiciones como si fueran un papel de
música, que se veía que él mismo no podía pensar en ello sin conmoverse. Hasta creo
haber visto subir desde el fondo de su sensibilidad, a este pensamiento, algunas lágrimas
involuntarias a sus ojos.
Pero ¿qué hacer? Yo no podía faltar a Dora ni a mi propio corazón. Me dijo que me
daba una semana para reflexionar. ¿Podía yo contestar que no quería reflexionar durante
una semana? Pero también ¿no debía yo estar convencido de que todas las semanas del
mundo no cambiarían en nada la violencia de mi amor?
-Hará usted bien hablando de ello con miss Trotwood o con alguna otra persona que
conozca la vida - me dijo mister Spenlow enderezando su corbata-. Le doy a usted una
semana, míster Copperfield.
Me sometí y me retiré dando a mi fisonomía una expresión de abatimiento desesperado,
que demostraba no podía cambiar nada mi inquebrantable constancia. Las cejas de miss
Murdstone me acompañaron hasta la puerta; digo sus cejas mejor que sus ojos, porque
ocupaban mucho más sitio en su rostro. Tenía exactamente la misma cara de antes,
cuando en nuestro saloncito de Bloonderstone recitaba mis lecciones en su presencia.