Con un poco de buena voluntad hubiera podido creer que el peso que me oprimía el
corazón era todavía aquel abominable alfabeto con sus viñetas ovaladas, que yo
comparaba en mi infancia a los cristales de los lentes.
Cuando llegué a la oficina oculté el rostro entre las ma nos, y allí, delante de mi pupitre,
sentado en mi rincón, sin ver al viejo Tiffey ni a mis otros camaradas, me puse a reflexionar en el terremoto que acababa de tener lugar bajo mis pies; y en la amargura de mi
alma maldecía a Jip, y estaba tan preocupado por Dora, que todavía me pregunto cómo
no cogí el sombrero para dirigirme como un loco hacia Nor wood. La idea de que la
harían sufrir, de que la harían llorar y de que yo no estaba allí para consolarla se me hizo
tan odiosa, que me puse a escribir una carta insensata a míster Spenlow, donde le
suplicaba que no hiciera pesar sobre ella las consecuencias de mi cruel destino. Le
suplicaba que evitara los sufrimientos a aquella dulce naturaleza; que no rompiera una
flor tan frágil. En resumen, si no recuerdo mal, le hablaba como si en lugar de ser el
padre de Dora fuera un ogro. La cerré y la coloqué encima de su pupitre antes de que
volviera. Cuando entró, le vi por la puerta entreabierta de su despacho coger la carta y
abrirla.
Aquella mañana no me habló de ella; pero por la tarde, antes de marcharse, me llamó y
me dijo que no necesitaba preocuparme por la felicidad de su hija. Le había dic ho sencillamente que era una tontería, y no pensaba volverle a ha blar de ello. Se creía un padre
indulgente (y tenía razón) y no tenía ninguna necesidad de preocuparme por aquello.
-Podría usted obligarme con su locura o su obstinación, míster Copperfield -añadió-, a
alejar durante algún tiempo a mi hija de mi lado; pero tengo de usted mejor opinión.
Espero que dentro de unos días sea más razonable. En cuanto a miss Murdstone (pues
había hablado de ella en mi carta), respeto la vigilancia de esa señora y se la agradezco;
pero le he recomendado expresamente que evite ese asunto. La única cosa que deseo,
míster Copperfield, es no volver a ocuparme de él. Lo único que tiene usted que hacer es
olvidarlo.
¡Lo único que tenía que hacer! En una carta que escribí a miss Mills subrayaba esta
palabra con amargura. ¡Lo único que tenía que hacer, decía con sombrío sarcasmo, era
olvidar a Dora! ¡Aquello era lo único! ¡Como si no fuera nada! Suplicaba a miss Mills
que me recibiera aquella misma tarde. Si no podía consentirlo, le pedía que me recibiera a
hurtadillas en la habitación de detrás, donde se planchaba. Le decía que mi razón
peligraba y que ella era la única que podía hacerme volver en sí. Terminaba, en mi
locura, por decirme suyo para siempre, con mi firma al final. Releyendo mi carta antes de
confiársela a un muchacho, no pude por menos de encontrarle mucho parecido con el
estilo de míster Micawber.
A pesar de todo, la envié. Y por la tarde me dirigí hacia casa de miss Mills y paseé en
todos los sentidos la calle hasta que una criada vino a avisarme que la siguiera por un
camino disimulado. Después he tenido razones para creer que no había ningún motivo
para que no entrara por la puerta principal, y hasta para que me recibiera en el salón, si no
fuera porque a miss Mills le gustaba todo lo que tenía aspecto de misterio.
Una vez en la antecocina, me abandoné a mi desesperación. Si había ido con la
intención de ponerme en ridículo, estoy seguro de haberlo conseguido. Miss Mills había
recibido de Dora cuatro letras escritas deprisa, donde le decía que todo se había
descubierto. Añadía: «¡Oh, ven conmigo, Julia; te lo suplico! ». Pero miss Mills no había
podido todavía ir a verla, ante el temor de que su visita no fuera del gusto de las
autoridades superiores; estábamos todos como viajeros perdidos en el desierto de Sahara.
Miss Mills tenía una prodigiosa volubilidad y se complacía en ella. Yo no podía por
menos de darme cuenta, mientras mezclaba sus lágrimas con las mías, que nuestras aflic-