-Demasiado lo veo ahora, caballero; puede usted estar seguro; pero antes no me lo
parecía. En realidad, míster Spenlow, con toda la sinceridad de mi corazón, antes no me
lo parecía, ¡la quiero de tal modo, míster Spenlow...!
-Vamos, ¡qué tontería! -dijo míster Spenlow enrojeciendo-. ¿Va ahora a decirme en mi
cara lo que quiere a mi hija, míster Copperfield?
-Pero, caballero, ¿cómo podría disculparme si no fuera así? -respondí en tono humilde.
-¿Y cómo puede usted defender su conducta siendo así? -dijo míster Spenlow
deteniéndose bruscamente- ¿Ha reflexionado usted en su edad y en la edad de mi hija,
míster Copperfield? ¿Sabe usted lo que ha hecho destruyendo la confianza que debía
existir entre mi hija y yo ? ¿Ha pensado usted en la posición que mi hija ocupa en el
mundo, en los proyectos que puedo yo haber formado para su porvenir, en las intenciones
que pueda expresar en su favor en mi testamento? ¿Ha pensado usted en todo esto, míster
Copperfield?
-Muy poco, caballero, lo siento -respondí en tono humilde y triste-; pero le ruego que
crea que no ha descono cido mi propia situación en el mundo. Cuando le he hablado el
otro día ya estábamos prometidos.
-Le ruego que no pronuncie esa palabra delante de mí, míster Copperfield.
Y, en medio de mi desesperación, no pude por menos observar que era completamente
polichinela por el modo con que se golpeaba las manos una contra otra con la mayor
energía.
La inmóvil miss Murdstone dejó oír una risita seca y desdeñosa.
-Cuando le he explicado el cambio de mi situación, caballero -repuse queriendo
cambiar la palabra que le había molestado-, había ya, por mi culpa, un secreto entre miss
Spenlow y yo. Desde que me situación ha cambiado he luchado, he luchado todo lo
posible por mejorar, y estoy seguro de conseguirlo un día. ¿Quiere usted darme tiempo?
¡Somos tan jóvenes los dos, caballero!
-Tiene usted razón -dijo míster Spenlow bajando muchas veces la cabeza y frunciendo
las cejas-,son ustedes muy jóvenes. Todo esto no son más que tonterías, que tienen que
terminar. Coja usted esas cartas y quémelas. De vuélvame las de miss Spenlow, y yo las
quemaré por mi parte. Y como en el futuro tendremos que vernos aquí y en el Tribunal,
es cosa convenida que no volveremos a hablar de ello. Veamos, míster Copperfield; no le
falta a usted inteligencia, y comprenderá que es la única cosa razonable que puede hacer.
No, yo no podía ser de aquella opinión. Lo sentía mucho; pero había una consideración
que era más fuerte que la razón. El amor pasa por encima de todo, y yo quería a Dora con
locura, y ella a mí también. No se lo dije precisamente en esos términos; pero se lo di a
entender, y estaba muy decidido. No me importaba saber si estaría haciendo en todo
aquello un papel ridículo, pero estaba bien decidido.
-Muy bien, míster Copperfield -dijo míster Spenlow-, utilizaré mi influencia con mi
hija.
Miss Murdstone dejó oír un sonido expresivo, una larga aspiración, que no era un
suspiro ni un gemido, pero que participaba de las dos cosas, como para hacer comprender
a míster Spenlow que por ahí debía haber empezado.
-Utilizaré toda mi influencia con mi hija -dijo Spenlow envalentonado por aquella
aprobación-. ¿Se niega us ted a coger esas cartas, míster Copperfield?
Yo había puesto el paquete encima de la mesa.
Sí me negaba, y esperaba que me dispensara; pero me resultaba imposible recibir
aquellas cartas de las manos de miss Murdstone.
-¿Ni de las mías? -dijo míster Spenlow.
-Tampoco -respondí con el más profundo respeto.