-A mi regreso a Norwood después de haberme ausentado para el matrimonio de mi
hermano -prosiguió mi Murdstone en tono desdeñoso-, creí observar que la conducta de
miss Spenlow, igualmente de regreso de una visita su amiga miss Mills, que su conducta,
repito, daba más fundamento a mis sospechas, y la vigilé más de cerca.
Mi pobre, mi querida Dorita, ¡qué lejos estaba de sospechar que aquellos ojos de
dragón estaban fijos en ella!
-Sin embargo -prosiguió miss Murdstone-, únicamente ayer por la noche adquirí la
prueba decisiva. Yo opinaba que miss Spenlow recibía demasiadas cartas de su amiga
miss Mills; pero como era con el pleno consentimiento de su padre (una nueva mirada
muy amarga a míster Spenlow), yo no tenía nada que decir. Puesto que no se me permite
aludir a la depravación natural del corazón humano al menos se me permitirá hablar de
una confianza excesiva mal colocada.
-Está bien - murmuró míster Spenlow como apología
-Ayer por la tarde -repuso miss Murdstone- acabábamos de tornar el té, cuando observé
que el perrito corría, saltaba y gruñía en el salón, mordiendo algo. Le dije a mi Spenlow:
«Dora, ¿qué es ese papel que tiene el perro en boca?». Miss Spenlow palpó
inmediatamente su cinturó lanzó un grito y corrió hacia el perro. Yo la detuve diciendo
«Dora, querida mía, permíteme... ». « ¡Oh, Jip, miserable perrillo, tú eres el autor de tanto
infortunio! »
-Miss Spenlow --continuó miss Murdstone- trató corromperme a fuerza de besos, de
cestitas de labor, de alha jitas, de regalos de todas clases. Yo no le hice caso. El perro
corrió a refugiarse debajo del diván, y me costó mucho tra bajo hacerle salir con ayuda de
las tenazas. Una vez fuera seguía con la carta en la boca, y cuando traté de arrancársela,
con peligro de que me mordiera, tenía el papel tan apretado entre los dientes, que todo lo
que pude hacer fue levantar al perro en el aire detrás de aquel precioso documento. Sin
embargo, terminé por apoderarme de él. Después de haberlo leído le dije a miss Spenlow
que debía de tener en su poder otras cartas de la misma naturaleza, y por fin obtuve de
ella el paquete que está ahora entre las manos de David Copperfield.
Se calló, y después de haber cerrado su bolso, cerró la boca, como una persona resuelta
a dejarse despedazar antes que doblegarse.
-Acaba usted de oír a miss Murdstone -dijo míster Spenlow volviéndose hacia mí-.
Deseo saber, míster Copperfield, si tiene usted algo que decir.
El cuadro presente ante mí del hermoso tesoro de mi co razón llorando y sollozando
toda la noche; la idea de que estaba sola, asustada, desgraciada, o de que había suplicado
en vano a aquella mujer de piedra que la perdonara, y ofreciéndole en vano sus besos, sus
estudios de labor y sus joyas, y, en fin, que todo aquello era por mi culpa, me hacía
perder la poca dignidad que hubiera podido demostrar, y temblaba de tal modo de
emoción que dudo si conseguí ocultarlo.
-No tengo nada que decir, caballero, a no ser que soy el único culpable... Dora...
-Miss Spenlow, si hace el favor -repuso su padre con majestad...
-... ha sido arrastrada por mí -continué, sin repetir después de míster Spenlow aquel
nombre frío y ceremonioso para prometerme ocultarle nuestro afecto, y lo siento amargamente.
-Ha hecho usted muy mal, caballero - me dijo míster Spenlow paseándose de arriba
abajo por el tapiz y gesticulando con todo el cuerpo, en lugar de mover únicamente la
cabeza, a causa de la tiesura combinada de su corbata y de su espina dorsal- . Ha cometido
usted un acto fraudulento e inmoral, míster Copperfield. Cuando yo recibo en mi casa a
un «caballero», tenga diecinueve, veinte a ochenta años, le recibo con plena confianza. Si
abusa de mi confianza, comete un acto innoble, míster Copperfield.