-No, querida mía; con perseverancia y fuerza de voluntad se soportan cosas mucho
peores.
-Pero yo no tengo ninguna fuerza -dijo Dora sacudiendo sus bucles-. ¿No es verdad,
Jip? ¡Vamos, besa a Jip y sé cariñoso!
Era imposible negarme a besar a Jip cuando me lo tendía expresamente, redondeando
ella también para besarle su boquita rosa, dirigiendo la operación, que debía cumplirse,
con una precision matemática, en medio de la nariz del animalito. Hice lo que quería, y
después reclamé la recompensa por mi obediencia; y Dora consiguió durante bastante
tiempo hacer que fracasara mi gravedad.
-Pero, Dora, amor mío -le dije recobrando mi solemnidad-, ¡todavía tengo algo que
decirte!
Hasta el juez del Tribunal de Prerrogativas se hubiera ena morado al verla juntar sus
manitas y tendérmelas suplicante para que no la asustara.
-Pero si no quiero asustarte, amor mío -repetía yo-; únicamente, Dora, querida mía, si
quisieras pensar sin temor, si quisieras pensar alguna vez, para darte valor, en que eres la
novia de un hombre pobre.
-No, no; te lo ruego; ¡es demasiado terrible!
-Nada de eso, chiquilla - le dije alegremente-; si quisieras nada más pensarlo alguna vez
y ocuparte de vez en cuando de las cosas de la casa de tu papá, para tratar de acostumbrarte...; las cuentas, por ejemplo...
Mi pobre Dora acogió aquella idea con un grito que parecía un sollozo.
-... Eso llegará un día en que te será muy útil. Y si me prometieras leer... un librito de
cocina que yo te mande, sería una cosa bonísima para ti y para mí. Pues nuestro camino
en la vida va a ser duro en el primer momento, Dora -le dije, animándome-, y a nosotros
toca el mejorarlo. Tene mos que luchar para conseguirlo, y necesitamos valor. Tenemos
muchos obstáculos que afrontar y hay que afrontarlos sin temor, aplastarlos bajo nuestros
pies.
Seguí hablando con el puño cerrado y con resolución; pero era inútil llegar más lejos;
había dicho bastante, y había conseguido... volver a asustarla.
-¡Oh! ¿Dónde está Julia Mills? Llévame con Julia Mills, y vete; ¡haz e l favor!
En una palabra, estaba medio loco y recorría el salón en todas las direcciones.
Aquella vez creí que la había matado. Le eché agua por la cara. Caí de rodillas, me
arranqué los pelos, me acusaba de ser un animal, un bruto sin conciencia y sin piedad. Le
pedí perdón. Le suplicaba que abriera los ojos. Destrocé la caja de labor de miss Mills
para encontrar un frasco de sales, y, en mi desesperación, tomé el alfiletero de marfil
creyendo que era, y vertí todas las agujas en la cara de Dora. Amenacé co n el puño a Jip,
que estaba tan desesperado como yo, y me entregué a todas las extravagancias
imaginables. Hacía mucho tiempo que había perdido la cabeza cuando miss Mills entró
en la habitación.
-¿Qué ocurre? ¿Qué te han hecho? -exclamó miss Mills acudiendo en. socorro de su
amiga.
Yo contesté: «Yo tengo la culpa, miss Mills; yo soy el criminal, y una multitud de cosas
del mismo estilo. Después, volviendo la cabeza para librarla de la luz, la oculté contra los
almohadones del diván.
Miss Mills creyó al principio que era una pelea y que nos habíamos perdido en el
desierto de Sahara; pero no estuvo mucho tiempo en la incertidumbre, pues mi pequeña y
querida Dora exclamó, abrazándola, que yo era un pobre obrero; después se echó a llorar
por mí, preguntándome si quería aceptarle todo el dinero que tenía ahorrado, y terminó
por echarse en brazos de miss Mills sollozando, como si su corazoncito fuera a romperse.