Felizmente, miss Mills parecía haber nacido para ser nuestra bendición. Se enteró en
pocas palabras de la situación, consoló a Dora, la convenció poco a poco de que yo no era
un obrero. Por la manera de contar las cosas creo que Dora había supuesto que me había
hecho marinero y que me pasaba el día balanceándome sobre una plancha. Miss Mills,
mejor enterada, terminó por restablecer la paz entre nosotros. Cuando todo volvió a estar
en orden, Dora subió a lavarse los ojos con agua de rosas y miss Mills pidió el té. Entre
tanto, yo declaré a aquella señorita que siempre sería su amigo y que mi corazón cesaría
de latir antes que olvidar su simpatía.
Le desarrollé entonces el plan que había tratado de hacer comprender con tan poco
éxito a Dora. Miss Mills me contestó, según sus principios generales, que la cabaña de la
alegría valía más que el palacio del frío esplendor, y que donde había amor lo había todo.
Yo dije a miss Mills que era verdad y que nadie lo sabía mejor que yo, que amaba a
Dora como ningún mortal había amado antes que yo. Pero ante la melancólica
observación de miss Mills de que sería dic hoso para algunos corazones el no haber
amado tanto como yo, le dije que mi observación se refería al sexo masculino
únicamente.
Después le pregunté a miss Mills si, en efecto, no tendría alguna ventaja práctica la
proposición que había querido ha cer respecto a las cuentas, al cuidado de la casa y a los
libros de cocina.
Después de un momento de reflexión, he aquí lo que miss Mills me contestó:
-Míster Copperfield, quiero ser franca con usted. Los sufrimientos y las pruebas
morales suplen a los años en ciertas naturalezas, y voy a hablarle tan francamente como
una madre abadesa. No; su proposición no le conviene a nuestra Dora. Nuestra querida
Dora es la niña mimada de la Naturaleza. Es una criatura de luz, de alegría y de felicidad.
No le puedo ocultar que si eso pudiera ser estaría muy bien, sin duda; pero...
Miss Mills movió la cabeza.
Aquella muda concesión de miss Mills me animó a preguntárle si en el caso de que se
presentara la ocasión de atraer la atención de Dora hacia las condiciones de ese gé nero
necesarias a la vida práctica si tendría la bondad de aprovecharlas. Miss Mills consintió
con tan buena voluntad, que le pedí también si no querría encargarse del libro de cocina y
hacerme el inmenso favor de entregárselo a Dora sin asustarla demasiado. Miss Mills se
encargó de la tarea pero se veía que no esperaba gran cosa.
Dora reapareció. Estaba tan seductora, que me pregunté si verdaderamente había
derecho de ocuparse en detalles tan vulgares. Y además, me amaba tanto, estaba tan
encantadora, sobre todo cuando hacía a Jip tenerse en dos patas para pe dirle su tostada y
ella hacía como que le iba a quemar la nariz con la tetera porque se negaba a obedecerla,
que terminé considerándome como un monstruo que hubiera venido a asustar al hada en
su bosque, cuando pensaba en cómo le había hecho sufrir y en las lágrimas que había
derramado.
Después del té Dora cogió la guitarra y cantó sus cancio nes francesas sobre la
imposibilidad absoluta de dejar de bailar, tralalá, tralalalá, y pensé más que nunca que era
un monstruo.
Sólo hubo una nube en nuestra alegría: un momento antes de retirarme miss Mills
aludió por casualidad al día siguiente por la mañana, y yo tuve la desgracia de decir que
tenía que trabajar y que me levantaba a las cinco. No sé si Dora pensó que era sereno en
algún establecimiento particular; pero aquella noticia causó una gran impresión en su
espíritu, y dejó de tocar y de cantar.
Todavía pensaba en ello cuando le dije adiós, y me dijo con su aire mimoso, como
podía habérselo dicho, según me pareció, a su muñeca.