-Te aseguro que le diré a Jip que te muerda si continúas con tus locuras -repuso Dora
sacudiendo sus bucles.
Pero me vio tan serio, que dejó de sacudir sus bucles, puso su manita temblorosa en mi
hombro, me miró primero confusa y con temor, y después se echó a llorar. ¡Era una cosa
terrible! Caí de rodillas al lado del diván, acariciándola y rogánd ole que no me desgarrara
el corazón; pero durante un rato mi pobre Dora sólo sabía repetir:
-¡Dios mío, Dios mío! Tengo miedo. ¿Dónde está Julia? Llévame con Julia, y vete, te lo
ruego.
Yo no sabía lo que era de mí.
Por fin, a fuerza de ruegos y de protestas, convencí a Dora de que me mirase. Parecía
muy asustada; pero poco a poco, con mis caricias, conseguí que me mirase tiernamente, y
apoyó su suave mejillita contra la mía. Entonces, teniéndola abrazada, le dije que la
quería con todo mi corazón, pero que , en conciencia, me creía obligado a ofrecerle si
quería romper nuestro compromiso, porque me había quedado muy pobre; que nunca me
consolaría ni podría soportar la idea de perderla; que yo no temía la pobreza si ella
tampoco la temía; que mi corazón y mis brazos sacarían las fuerzas de mi amor por ella;
que ya trabajaba con un valor de que solo los amantes son capaces; que había empezado a
entrar en la vida práctica y a pensar en el porvenir-, que una miga de pan ganada con el
sudor de nuestra frente era más dulce al corazón que un festín debido a una herencia; y
muchas más cosas bonitas como aquella, pronunciadas con una elocuencia apa sionada
que me sorprendió a mí mismo, aunque me había preparado para aquel momento desde
que mi tía me sorprendió con su llegada imprevista.
-¿Tu corazón es siempre mío, Dora, querida mía? - le dije con entusiasmo, sabiendo que
me pertenecía, pues se estrechaba contra mí.
-¡Oh, sí, completamente tuyo; pero no seas tan terrible!
-¿Yo terrible, pobre Dora?
-No me hables de volverme pobre y de trabajar como un negro -me dijo abrazándome-;
te lo ruego, te lo ruego.
-Amor mío -le dije-, una miga de pan... ganada con el sudor...
-Sí, sí; pero no quiero oír hablar de migas de pan. .Jip necesita todos los días su chuleta
de cordero a mediodía; si no se morirá.
Yo estaba seducido por su encanto infantil, y le expliqué tiernamente que Jip tendría su
chuleta de cordero con toda la regularidad acostumbrada. Le describí nuestra vida
modesta, independiente, gracias a mi trabajo; le hablé de la casita que había visto en
Highgate, con l a habitación en el primer piso para mi tía.
-¿Soy todavía muy terrible, Dora? - le dije con ternura.
-¡Oh, no, no! -exclamó Dora- Pero espero que tu tía esté mucho tiempo en su
habitación, y además que no sea una vieja gruñona.
Si me hubiera sido posible amar a Dora más, lo hubiera hecho entonces. Sin embargo,
me daba cuenta de que no servía para mucho en el caso actual. Mi nuevo ardor se
enfriaba viendo que era tan difícil comunicárselo. Hice un nuevo esfuerzo. Cuando se
hubo repuesto por completo y cogió a Jip sobre sus rodillas para arrollar sus orejas
alrededor de sus dedos, yo recobré mi gravedad.
-Querida mía, ¿puedo decirte una palabra?
-¡Oh!, te lo ruego, no hablemos de la vida práctica -me dijo en tono suave-; ¡si supieras
el miedo que me da!
-Pero, vida mía, no hay nada que pueda asustarte en todo esto. Yo querría hacerte ver
las cosas de otro modo. Por el contrario, querría que esto te inspirase valor.
-¡Es precisamente lo que me asusta! --exclamó Dora.