volvió al lado de la ventana, la oscuridad no era todavía suficiente para que no viese yo
brillar lágrimas en sus ojos.
Pido al cielo no olvidar jamás el amor constante y fiel de mi querida Agnes en aquella
época de mi vida, pues si lo olvidase sería señal de que estaba cerca de mi fin, y es el momento en que más querría acordarme de ella. Llenó mi corazón de tan buenas
resoluciones, me fortificó tanto en mi debilidad y supo dirigir tan bien con su ejemplo, no
sé cómo, pues era demasiado dulce y demasiado modesta para darme muchos consejos, el
ardor sin objeto de mis vagos proyectos, que si hice algo bien y si no he hecho algo mal,
en conciencia creo que se lo debo a ella.
Y ¡cómo me habló de Dora mientras estuvimos sentados al lado de la ventana en la
oscuridad! ¡Cómo escuchó mis elogios, añadiendo a ellos los suyos! ¡Cómo lanzó sobre
la pequeña hada que me había embrujado los rayos de su luz pura, que la hacía parecer
todavía más inocente y más preciosa a mis ojos! Agnes, hermana de mi adolescencia, ¡si
hubiera sabido entonces lo que supe después!
Cuando bajé había un mendigo en la calle, y en el mo mento en que me volvía hacia la
ventana pensando en la mirada serena y pura de mi amiga, en sus ojos angelicales, me
hizo estremecer, murmurando como un eco de la mañana:
« ¡Ciego!, ¡ciego!, ¡ciego!».
CAPÍTULO XVI
ENTUSIASMO
El día siguiente lo empecé yendo de nuevo a sumergirme en los baños romanos;
después tomé el camino de Highgate. Había salido de mi depresión; ya no me asustaban
los trajes raídos ni suspiraba por los bonitos caballos grises. Toda mi manera de ver
nuestra desgracia había cambiado. Lo que tenía que hacer era probar a mi tía que sus
bondades pasadas no habían sido prodigadas a un ser ingrato a insensible. Lo que tenía
que hacer era aprovechar ahora el penoso aprendizaje de mi infancia y ponerme al trabajo
con valor y voluntad. Lo que tenía que hacer era tomar resueltamente el hacha del leñador
en la mano para abrirme un camino a través del bosque de las dificultades en que me
encontraba perdido, derribando ante mí los árboles encantados que me separaban todavía
de Dora; andaba a grandes pasos, como si fuera un medio de llegar antes a mi objetivo.
Cuando me vi en el camino de Highgate, tan familiar, y que hoy recorría con
pensamientos tan diferentes de mis antiguas ideas de diversión, me pareció que un
cambio completo se había operado en mi vida; pero no me desanimaba. Nuevas
esperanzas, un fin nuevo me habían aparecido al mismo tiempo que aquella vida nueva.
El trabajo era grande; pero la recompensa no tenía precio. Dora era la recompensa, y
había que conquistar a Dora.
Era tal mi entusiasmo, que sentía que el traje no estuviera ya un poco raído; se me hacía
largo el tiempo para empezar a derribar los árboles en el bosque de las dificultades, y deseaba que fuera con esfuerzo para probar mis fuerzas. Me dieron ganas de pedirle a un
viejecillo que picaba piedra en el camino que me prestara un momento su martillo y me
permitiera empezar así a abrirme un camino en el granito para llegar hasta Dora. Me
movía tanto, estaba tan sin aliento y tenía tanto calor, que me parecía que había ganado
ya no sé cuánto dinero. En aquel estado entré en una casita desalquilada y la examiné
escrupulosamente, sintiendo que era necesario hacerme hombre práctico. Era
precisamente lo que nos hacía falta a Dora y a mí. Tenía un jardincito delante para que
Jip pudiera correr a su gusto y ladrar a los que pasasen, a través de la empalizada, y una
habitación arriba para mi tía.