Dios -continuó en un arranque de indignación-, no tengo ganas de marearme viéndole
retorcerse como una culebra o como un sacacorchos!
Míster Heep, como puede suponerse, estaba algo confuso con aquella explosión, que
fue reforzada por la expresión indignada con que mi tía retiró su silla, sacudiendo la
cabeza como si fuera a lanzarse sobre él para morderle. Pero me dijo aparte con voz
dulce:
-Ya sé, míster Copperfield, que miss Trotwood, con to das sus excelentes cualidades, es
muy viva de genio. He tenido el gusto de conocerla antes que usted, en los tiempos en
que era todavía un pobre escribiente, y es natural que las actuales circunstancias no la
hayan dulcificado. Me sorprende, por el contrario, que no sea peor. Había venido aquí
para decirle que si le podíamos servir en algo mi madre y yo, o Wickfield y Heep,
estaríamos encantados. ¿No me excedo? -preguntó con una sonrisa horrible a su asociado.
-Uriah Heep -dijo míster Wickfield con voz forzada y monótona- es muy activo en los
negocios, Trotwood. Y lo que dice lo apruebo plenamente. Ya sabes que me intereso por
ti desde hace mucho tiempo; pero, aparte de esto, lo que dice lo apruebo plenamente.
-¡Oh, qué recompensa! -dijo Uriah levantando una de sus piernas, exponiéndose a
atraerse una nueva brusquedad de mi tía-. ¡Qué feliz me hace esa confianza absoluta!
Pero es verdad que espero consegu ir librarle bastante del peso de los negoc ios, míster
Copperfield.
-Uriah Heep es un gran descanso para mí -dijo míster Wickfield con la misma voz
sorda y triste- y me libra de un gran peso, Trotwood, al tenerle de socio.
Estaba convencido de que era aquel horrible zorro rojo el que le hacía decir todo
aquello, para justificar lo que me había dicho la noche en que había envenenado mi
tranquilidad. Al mismo tiempo vi la sonrisa falsa y siniestra sobre sus rasgos mientras
que me miraba fijamente.
-¿No nos dejarás, papá? -dijo Agnes en tono suplicante-. ¿No quieres volver a pie con
Trotwood y conmigo?
Creo que hubiera mirado a Uriah antes de responder si aquel digno personaje no se
hubiera anticipado.
-Tengo una cita de negocios -dijo Uriah-, y lo siento, porque me hubiera gustado
permanecer con ustedes. Pero les dejo mi asociado para representar a la casa. Miss
Agnes, ¡su humilde servidor! Le deseo buenas noches, míster Copperfield, y presento mis
humildes respetos a miss Betsey Trotwood.
Al decir esto nos dejó, enviándonos besos con su gran mano de esqueleto y con una
sonrisa de sátiro.
Todavía continuamos una hora o dos charlando de los buenos tiempos de Canterbury.
Míster Wickfield, solo con Agnes, recobró pronto su alegría, aunque siempre presa de un
abatimiento del que no podía librarse. Terminó, sin embargo, por animarse, y le gustaba
oírnos recordar los pequeños sucesos de nuestra vida pasada, de los que se acordaba muy
bien. Nos dijo que todavía le parecía estar en aquellos tiempos al volver a encontrarse
solo con Agnes y conmigo, y que le gustaría que nada hubiera cambiado. Estoy seguro de
que viendo el rostro sereno de su hija y sintiendo la mano que apoyaba en su brazo sentía
un bienestar infinito.
Mi tía, que había estado casi todo el tiempo ocupada con Peggotty en la habitación de al
lado, no quiso acompañarnos al hotel; pero insistió en que los acompañara yo, y obedecí.
Comimos juntos. Después de comer, Agnes se sentó a su lado, como siempre, y le sirvió
el vino. Tomó lo que le dio y nada más, como un niño; y nos quedamos los tres sentados
al lado de la ventana mientras fue de día. Cuando llegó la noche él se echó en un diván;
Agnes arregló los almohado nes y permaneció inclinada sobre él un momento. Cuando