Salí de allí con más calor que nunca y reanudé a un paso tan precipitado el camino
hacia Highgate, que llegué con una hora de anticipación; además, aunque no hubiera ido
tan pronto me hubiera visto obligado a pasearme un rato para tranquilizarme antes de
estar algo presentable. Mi primer objetivo cuando me serené un poco fue buscar la casa
del doctor. Estaba completamente al otro extremo del pueblo en donde vivía mistress
Steerforth. Cuando estuve seguro de ello volví, por una atracción irresistible, hacia una
callejuela que pasaba por el lado de la casa de mistress Steerforth y la estuve mirando por
encima de la tapia del jardín. Las ventanas de la habitación de Steerforth estaban
cerradas; las puertas de la terraza estaban abiertas, y Rose Dartle, con la cabeza desnuda,
paseaba de arriba abajo con paso brusco y precipitado por un paseo de grava a lo largo
del prado. Me pareció una fiera que repite el mismo camino hasta el final de la cadena
que arrastra royéndose el corazón.
Abandoné despacio mi puesto de observación, sintiendo haberme acercado, y después
me paseé hasta las diez lejos de allí. La iglesia, coronada de un campanario esbelto, que
ahora se ve en la cumbre de la colina, no estaba allí en aquella época para indicarme la
hora. En la plaza había una casa antigua de ladrillo rojo, que servía de escuela.
Verdaderamente una casa hermosa. ¡Debía dar gusto it a aquella escuela!
Al acercarme a la morada del doctor, un bonito hotel algo antiguo y donde debía de
haber gastado mucho dinero, a juzgar por las reparaciones y mejoras, que parecían
todavía recientes, le vi paseándose en el jardín con sus polainas, corno siempre, y parecía
que no hubiera dejado nunca de pasearse desde los tiempos en que yo era su alumno.
También estaba rodeado de sus antiguos compañeros, pues no faltaban a su alrededor
grandes árboles, y vi en el césped dos o tres cuervos que le miraban como si hubieran
recibido carta de sus camaradas de Canterbury hablándole de él y le vigilasen de cerca
con aquel motivo.
Sabía que sería trabajo perdido tratar de atraer su atención a aquella distancia, y me
tomé la libertad de abrir la empalizada y salir a su encuentro para aparecer frente a él en
el momento en que diera la vuelta. En efecto, cuando se volvió y se acercó a mí me miró
con aire pensativo durante un momento, evidentemente sin verme; después su fisonomía
benévola expresó la mayor satisfacción y me agarró las dos manos.
-¡Cómo, mi querido Copperfield; pero si está usted hecho un hombre! ¿Está usted bien?
Estoy encantado de verle. Pero ¡cómo ha ganado, mi querido Copperfield! ¿Verdaderamente... es posible?
Le pregunté por él y por mistress Strong.
-Muy bien -dijo el doctor-. Annie está muy bien. Y le encantará verle. Siempre fue
usted su favorito. Todavía ayer por la noche me decía, cuando le enseñé su carta. Y .. sí,
cier tamente..., ¿usted se acordará de Jack Maldon, Copperfield?
-Perfectamente.
-Ya me lo figuraba -dijo el doctor-, que no le habría olvidado; también está bien.
-¿Ha vuelto? -pregunté.
-¿De las Indias? -dijo el doctor-. Sí. Jack Maldon no ha podido soportar el clima, amigo
mío. Mistress Marklenham. ¿Se acuerda usted de mistress Marklenham?
-Sí; recuerdo muy bien al Veterano como si fuera ayer.
-Pues bien, mistress Marklenham estaba muy preocupada por él, la pobre, y le hicimos
volver, y le hemos comprado un destino, que le conviene mucho más.
Conocía lo bastante a Jack Maldon para sospechar que estaría en un sitio donde no
tendría mucho trabajo y le pagarían bien.
El doctor continuó, siempre con la mano apoyada en mi hombro y mirándome con
expresión animadora: