tenía la intención de emprender aquella misma noche sus viajes. Le pregunté adónde
pensaba ir, y únicamente me respondió:
-Voy a buscar a mi sobrina, míster Davy.
Llegamos a su alojamiento, encima de la tienda de velas, y allí pude repetir a Peggotty
lo que me había dicho. Ella, a su vez, me dijo que lo mismo le había dicho a ella por la
mañana. No sabía más que yo dónde iría; pero pensaba que de bía de tener algún proyecto
en la cabeza.
No quise dejarle en aquellas circunstancias, y comimos los tres reunidos una empanada
de buey, que era uno de los platos maravillosos que hacían honor al talento de Peggotty, y
cuyo perfume incomparable estaba todavía realzado (lo recuerdo divinamente) por un
olor compuesto de té, de café, de mantequilla, de tocino, de queso, de pan tierno, de ma dera quemada, de velas y de salsa de setas que subía de la tienda sin cesar. Después de
comer nos sentamos al lado de la ventana durante cosa de una hora, sin hablar apenas;
después míster Peggotty se levantó, cogió su saco de hule y su cantimplora y los puso
encima de la mesa.
Aceptó como anticipo de su herencia una pequeña suma, que su hermana le dio en
dinero contante; apenas lo necesario para vivir un mes me pareció. Prometió escribirme si
llegaba a saber algo, y después, pasando la correa de su saco por su hombro, cogió su
sombrero y su bastón y nos dijo a los dos: «Hasta la vista».
-¡Que Dios lo bendiga, mi querida vieja! -dijo abrazando a Peggotty-. Y a usted
también, míster Davy -añadió estrechándome la mano, Voy a buscarla por el mundo. Si
volviera mientras yo no esté aquí (pero, ¡ay!, no es nada probable), o si yo la trajera, mi
intención es irme a vivir con ella donde nadie pueda dirigirle el menor reproche; si me sucediera alguna desgracia, acordaos que las últimas palabras que he dicho para ella son: «
Que dejo a mi querida niña todo mi cariño inquebrantable y mi perdón».
Dijo esto en tono solemne, con la cabeza desnuda; después, volviendo a ponerse el
sombrero, se alejó. Le seguimos hasta la puerta. La tarde era cálida y había mucho polvo.
El sol poniente lanzaba raudales de luz sobre la calle, y el ruido constante de pasos se
había ensordecido un mo mento en la gran calle a que desembocaba nuestra callejuela.
Dio vuelta a la esquina de la calleja sombría, entró en la luz deslumbrante y desapareció.
Rara vez veía llegar aquella hora de la tarde, rara vez al despertarme de noche y ver la
luna y las estrellas, o si escuchaba caer la lluvia o soplar el viento, dejaba de pensar en el
pobre peregrino, que iba solo por los caminos, y recordaba sus palabras:
«Voy a buscarla por el mundo. Si me ocurriera una desgracia, acordaos de que las
últimas palabras que he dicho para ella son: "Dejo a mi niña querida todo mi cariño
inquebrantable y mi perdón".»
CAPÍTULO XIII
FELICIDAD
Durante todo aquel tiempo había seguido amando a Dora más que nunca. Su recuerdo
me servía de refugio en mis contrariedades y mis penas, y hasta me consolaba de la pérdida de mi amigo. Cuanta más compasión tenía de mí mismo más piedad sentía por los
demás y más buscaba el consuelo en la imagen de Dora. Cuanto más lleno me parecía el
mundo de decepciones y de penas, más se levantaba la estreIla de Dora, pura y brillante,
por encima de él. No creo que tuviera una idea muy clara de la patria donde Dora había
nacido, ni del sitio encumbrado que ocupaba en la escala de arcángeles y serafines; pero
sé que hubiera rechazado con indignación y desprecio el pensamiento de que pudiera ser
una criatura humana como todas las demás señoritas.