amenazaba. Nos separamos, por lo tanto, sin la menor explicación; ella me hacía gestos y
me sonreía desde la ventanilla de la diligencia para decirme adiós, mientras yo veía sobre
la imperial a su genio del mal que se retorcía de gusto, como si ya la tuviera entre sus
garras triunfantes.
Durante mucho tiempo aquella última mirada con que los despedí no cesó de
perseguirme. Cuando Agnes me escribió anunciándome su feliz llegada, su carta me
encontró tan desesperado con aquel recuerdo como en el momento de su partida. Todas
las veces que pensaba en ello estaba seguro de que aquella visión reaparecería redoblando
mis tormentos. No dejaba de soñar una sola noche. Aquel pensamiento era como una
parte de mi vida, tan inseparable de mi ser como mi cabeza de mi cuerpo.
Y tenía tiempo para torturarme a mi gusto, pues Steerforth estaba en Oxford, según me
escribió, y yo, cuando no estaba en el Tribunal de Doctores, estaba casi siempre solo.
Creo que empezaba ya a sentir cierta desconfianza de Steerforth. Contestaba a sus cartas
de la manera más afectuosa; pero me parecía que al fin y al cabo no estaba descontento
de que no pudiera venir a Londres por el momento. A decir verdad, supongo que, al no
ser combatida la influencia de Agnes con la presencia de Steerforth, aquella influencia
obraba sobre mí con tanta más potencia porque Agnes era la causa de mis
preocupaciones.
Sin embargo, los días y las semanas transcurrieron. Ya había entrado de hecho en casa
de míster Spenlow y Jorkins. Mi tía me daba noventa libras esterlinas al año, pagaba mi
alojamiento y otros muchos gastos. Había alquilado mis habitaciones por un año, y
aunque todavía las encontraba tristes por la tarde y se me hacían largas las veladas, había
terminado por acostumbrarme a una especie de melancolía continua y por resignarme al
café de mistress Crupp, y hasta a tragarlo no a tazas, sino a cubos, según recuerdo en
aquel período de mi existencia. En aquella época fue cuando hice poco más o menos tres
descubrimientos: primero, que mistress Crupp era muy propensa a una indisposición
extraordinaria, que ella llamaba «espasmos», generalmente acompañados de inflamación
en las fosas nasales, y que exigía como tratamiento un consumo perpetuo de menta;
segundo, que debía de haber algo extraño en la temperatura de mi despensa, pues se
rompían todas las botellas de aguardiente; y, por último, descubrí que estaba muy solo en
el mundo, y me sentía profundamente inclinado a recordarlo en fragmentos de
versificación inglesa.
El día de mi incorporación definitiva con míster Spenlow y Jorkins lo celebré invitando
a los empleados de las oficinas a sándwiches y jerez y yendo por la noche yo solo al teatro. Fui a ver El extranjero, pensando que no desmerecía mi dignidad de pertenecer al
Tribunal de Doctores el verla, y volví en tal estado, que no me reconocí en el espejo.
Míster Spenlow me dijo que habría tenido mucho gusto en invi tarme a pasar la velada en
su casa de Norwood, en celebración de las relaciones que se establecían entre nosotros;
pero que su casa estaba algo en desorden porque esperaba de un momento a otro la
llegada de su hija, que había terminado su educación en París. Añadió, sin embargo, que
cuando Ilegara su hija esperaba tener el gusto de recibirme. Yo sabía, en efecto, que era
viudo, con una hija única, y le, expresé mi agradecimiento.
Míster Spenlow cumplió fielmente su palabra, y quince días después me recordó su
promesa, diciéndome que si que ría hacerle el honor de ir a Norwood el sábado siguiente y
quedarme hasta el lunes me lo agradecería mucho. Yo respondí, naturalmente, que estaba
dispuesto a complacerle, y quedó convenido que me llevaría y me traería en su coche.
Cuando llegó aquel día, hasta mi equipaje era un objeto de veneración para los
empleados subalternos, los cuales pensaban en la casa de Norwood como en un misterio
sagrado. Uno de ellos me dijo que había oído contar que el servicio de mesa de míster