Uriah durmiera en la habitación de al lado me oprimía como una pesadilla y me hacía
sentir sobre el corazón como un peso de plomo, como si tuviera de huésped al demonio.
Las tenazas candentes también me venían a la memoria en mis sueños sin poder
desecharlas. Mientras estaba me dio dormido y medio despierto me parecía que continuaban todavía rojas y que acababa de cogerlas para atravesarle con ellas el cuerpo. Esta idea
me perseguía de tal modo que, aunque sabía que no tenía ninguna solidez, me deslizaba
en la habitación de al lado para tener la seguridad de que estaba allí, en efecto, tendido,
con las piernas extendidas hasta el otro extremo de la habitación, y roncando. Debía estar
constipado, y dormía con la boca abierta como un hurón; en fin, era, en realidad,
muchísimo más horrible de lo que mi imaginación enferma se figuraba, y mi asco mismo
hacía que me atrajera y me obligaba a volver poco más o menos cada media hora para
mirarle. Así, aquella larga noche me pareció más lenta y más sombría que ninguna, y el
cielo, cargado de nubes, se obstinaba en no dejar aparecer ninguna señal del día.
Cuando por la mañana temprano le vi bajar las escaleras (pues gracias al cielo no quiso
quedarse a desayunar) me pareció como si la noche se marchara con él. Y al salir para el
Tribunal de Doctores encargué a mistress Crupp muy particularmente que dejara las
ventanas de par en par abiertas para que mi gabinete se airease bien y se purificara de su
presencia.
CAPÍTULO VI
CAIGO CAUTIVO
No volví a ver a Uriah Heep hasta el día de la partida de Agnes. Había ido a las oficinas
de la diligencia para decirle adiós, y me encontré con que también él se volvía a Canterbury en la misma diligencia que ella. Sentía como una pequeña satisfacción al ver su
chaqueta raída, demasiado corta de talle, estrecha y mal hecha, en unión de su paraguas,
que parecía una tienda de campaña, plantados en el borde del asiento, en la parte trasera
de la imperial, mientras que Agnes, como es natural, tenía su asiento en el interior; pero
bien me merecía aquella pequeña revancha, aunque sólo fuera por el trabajo que me
costaba estar amable con él mientras Agnes podía vemos. En la portezuela de la
diligencia, lo mismo que en la comida de mistress Waterbrook, rondaba a nuestro alrededor sin cansarse, como un gran vampiro, devorando cada palabra que yo decía a Agnes
o que ella me decía a mí.
En el estado de confusión en que me había dejado su confidencia de aquella noche
había reflexionado mucho sobre las palabras que Agnes había empleado al hablar de la
asociación: «Espero haber hecho lo que debía. Sabía que era necesario para la
tranquilidad de papá que se llevara a cabo el sacrificio, y le he animado a consumarlo».
Desde entonces me perseguía el presentimiento de que cedería a todo lo que quisieran y
sacaría fuerzas para ejecutar cualquier sacrificio por cariño a su padre. Conocía su afecto
por él, conocía su abnegación espontánea. Le había oído decir a ella misma que se creía
la causa inocente de los errores de míster Wickfield, y que tenía contraído por ello una
deuda que deseaba ardientemente pagar. Y no me consolaba el darme cuenta de la
diferencia existente entre ella y el miserable personaje, con su chaqueta marrón, pues
sentía que el mayor peligro estribaba precisamente en aquella diferencia, en la pureza y la
abnegación del alma de Agnes y la bajeza sórdida de la de Uriah. Él también lo sabía, y
sin duda lo tenía en cuenta en sus cálculos hipócritas.
Sin embargo, estaba tan convencido de que ni aun la perspectiva lejana de semejante
sacrificio sería lo bastante para destruir la felicidad de Agnes, y estaba tan seguro, al
verla, de que no sospechaba todavía que aquella sombra no había caído sobre ella aún,
que lo mismo pensaba en enfadarme con ella como en advertirle del peligro que la