Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Página 98
nuestros padres no podían estar separados en
Nochebuena, mi hermano menor manejaría las dos
horas hasta Rochester para recoger a mi padre y
llevarlo a casa sin decirle nada a mamá. Llamé a papá
y le conté los planes que teníamos. “Oh, no –dijo-, es
muy peligroso venir hasta acá en una noche como
ésta”. Mi hermano llegó a Rochester y golpeó la puerta
de la habitación del hotel. Después me llamó para
decirme que papá no quería ir. “Tienes que
convencerlo, Bobbie. Solamente a ti te hará caso.”
“Ve, papá” dije suavemente cuando lo llamé.
Lo hizo. Tim y papá partieron para Iowa. Nosotros
seguimos las alternativas del viaje y el tiempo
hablando con ellos por el teléfono del auto de mi
hermano. Para entonces, todos mis invitados habían
llegado y éramos todos parte de esa aventura. Cada
vez que sonaba el teléfono, poníamos el micrófono
para escuchar las últimas noticias. Eran más de las
nueve de la noche cuando sonó el teléfono, era papá
desde el auto que le decía a mi hermano; “Bobbie,
¿cómo voy a ir a casa sin un regalo para tu mamá?
¡Sería la primera vez en casi cincuenta años que no le
compro su perfume de Navidad!”. A esa altura, toda la
gente que estaba en casa participaba del plan.
Llamamos a mi hermana para que averiguara los
nombres de los centros comerciales cercanos que
estaban abiertos para que papá pudiera comprar el
único regalo que consideraría apto para mamá, la