Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Seite 92
respetábamos. Lo venerábamos y lo teníamos en alta
estima. Ahora entiendo por qué. En su vida no había
incoherencias. Era un hombre honorable, de
principios. La producción agropecuaria, el trabajo que
había elegido, era su pasión; lo consideraba el mejor.
Estaba en casa criando y cuidando a sus animales. Se
sentía aunado con la tierra y tenía orgullo de plantar y
cosechar los granos. Se negaba a cazar fuera de
temporada, pese a que cerca de casa vagabundeaban
muchos ciervos, faisanes, codornices y otras especies.
Se negaba a usar aditivos para el suelo y a dar a los
animales alimentos que no fueran granos naturales.
Nos enseñó por qué lo hacía y por qué debemos
defender los mismos ideales. Ahora veo lo consciente
que era porque esto fue a mediados de los 50, antes de
que surgiera la idea de un compromiso universal con la
preservación del medio ambiente en toda la tierra.
Papá también era un hombre muy impaciente, pero
no en mitad de la noche cuando controlaba a sus
animales durante rondas nocturnas. La relación que
desarrollamos juntos desde esa época fue
sencillamente inolvidable. Significó muchísimo en mi
vida. Aprendí tanto sobre él. Muchas veces oigo decir
a hombres y mujeres que pasaron poquísimo tiempo
con sus padres. De hecho, el núcleo de muchos grupos
de hombres en la actualidad es la búsqueda a tientas de
un padre que en realidad nunca conocieron. Yo conocí
al mío.