Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Page 237
En la clase de segundo año, los compañeros de Patti
corrieron detrás de ella. Armaron un poster gigante que
decía, “¡Corre, Patti, corre!” (Desde entonces es su
lema y el título de un libro que escribió). En su
segundo maratón, de camino a Portland, se fracturó un
hueso del pie. Un médico le dijo que debía dejar de
correr. “Tengo que ponerte un yeso en el tobillo para
que no te quede un daño permanente.”
“Doctor, usted no entiende –le dijo-. Esto no es un
capricho, ¡es una magnífica obsesión! No lo hago sólo
por mí, lo hago para romper las cadenas de los cerebros
que limitan a tantos otros. ¿No hay alguna manera de
que pueda seguir corriendo?”
Le dio una opción. Podía envolvérselo con algo
adhesivo en vez de ponerle un yeso. Le advirtió que
sería sumamente doloroso y le dijo: “Se te ampollará”.
Le pidió al médico que se lo envolviera.
Terminó la carrera a Portland, completando su último
kilómetro con el gobernador de Oregon. Tendría que
haber visto los titulares: “Super corredora, Patti Wilson
termina el maratón por la epilepsia el día que cumple
diecisiete años”.
Después de cuatro meses corriendo casi
constantemente desde la Costa Oeste hasta la Costa
Este, Patti llegó a Washington y le estrechó la mano al
Presidente de los Estados Unidos.