Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Page 222

saqué mis últimos diez centavos y ordené una gaseosa. Me preguntaba con desesperación qué podía hacer. ¿ Perderían su casa mis hijos, como me había pasado tantas veces a mí cuando era chica? ¿ Se había equivocado mi profesora de periodismo? Tal vez ese talento del cual hablaba no existía. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Una voz suave desde el banco de al lado, dijo:- ¿ Qué te pasa, querida? Miré la cara llena de simpatía de una agradable señora de cabellos grises. Le conté toda la historia y al final le dije:-Pero el Sr. Ahlman, a quien todos respetan tanto, no quiere mirar mi trabajo.-Déjame ver esa Columna de los Clientes – pidió. Tomó en sus manos mi sección marcada en el diario y la leyó íntegra. Después, se dio vuelta en el banco, se levantó, miró hacia el mostrador y con una voz de mando que podía oírse en toda la cuadra, exclamó:- ¡ Ruben Ahlman, ven aquí! ¡ Era la señora Ahlman!-. Le dijo a Ruben que comprara el aviso para mí. En su boca se dibujó esta vez una gran sonrisa. Después ella me pidió los nombres de los cuatro comerciantes que me habían dicho que no. Fue hasta el teléfono y los llamó uno por uno. Me dio un abrazo y me dijo que esperaban que volviera a recoger sus avisos. Ruben y Vivian Ahlman se convirtieron en grandes amigos nuestros amén de clientes constantes. Supe que