Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Page 210

mente- era lo que más tendría que haber admirado. Tal vez por eso, en 1961, John empezó a enseñar. John enseñaba en California. Todos los días hacía que un alumno leyera un texto en clase. Tomaba pruebas comunes de conocimiento que podía calificar colocando un formulario con perforaciones sobre cada respuesta correcta y se quedaba en la cama durante horas las mañanas del fin de semana, deprimido. Entonces conoció a Kathy, alumna brillante y enfermera. No alguien inestable, como John. Una roca. “Tengo que decirte algo, Kathy”, le dijo una noche de 1965 antes de su casamiento... “No... no sé leer”. “Pero es profesor”, pensó ella para sí. Seguramente quiere decir que no puede leer bien. Kathy lo entendió recién varios años más tarde cuando vio que John no podía leer un libro infantil a su hijita de dieciocho meses. Kathy llenaba formularios, leía y escribía sus cartas. ¿Por qué no le pedía simplemente que le enseñara a leer y escribir? A él no se le ocurría que alguien podía enseñarle. A los veintiocho años, John pidió un préstamo de dos mil quinientos dólares, compró una segunda casa, la arregló y la alquiló. Compró y alquiló otra. Y otra. Su negocio empezó a crecer cada vez más hasta que necesitó una secretaria, un abogado y un socio. Entonces, un día, su contador le dijo que era millonario. Perfecto. ¿Quién iba a notar que un