Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Page 211

millonario tiraba siempre de las puertas que decían EMPUJE o se tomaba un tiempo antes de entrar en los baños públicos para ver de cuál salía un hombre? En 1982, el mercado se vino abajo. Sus propiedades empezaron a quedar vacías y los inversores se retiraron. De los sobres brotaban amenazas de embargos y juicios. Parecía que tenía que dedicar cada momento de vigilia para convencer a los banqueros de que ampliaran sus créditos, para obligar a los constructores a no abandonar el trabajo, para tratar de poner orden en la pirámide de papel. Muy pronto se dio cuenta de que lo mandarían al banquillo de los acusados y un hombre de toga negra le diría: “La verdad, John Corcoran. ¿No sabe leer?” Por último, en el otoño de 1986, a los cuarenta y ocho años, John hizo dos cosas que juró que nunca haría. Hipotecó su casa para obtener un último préstamo de edificación. Y entró en la Biblioteca de Carlsbad y le dijo a la mujer que estaba a cargo del programa de enseñanza: “No sé leer”. Y se echó a llorar. Lo pusieron con una abuela de sesenta y cinco años llamada Eleanor Condit. Penosamente, letra por letra, por fonética, ella empezó a enseñarle. En catorce meses, su empresa de construcciones empezó a revivir. Y John Corcoran estaba aprendiendo a leer. El siguiente paso fue la confesión: un discurso frente a doscientos empresarios anonadados en San Diego.