Canfield Jack - Chocolate Caliente Para El Alma Jun. 2016 | Page 104
una precisión de prestidigitador”, le expliqué,
mostrándole a mi hija lo que había aprendido del
anciano. Emitió un gemido, pero no sé si en respuesta
a mi comentario o a mi toque. Después le hablé de la
mujer que había salido segunda. Era de Turquía y
como en su infancia había practicado el arte de la
danza del vientre, podía hacer que los músculos se
movieran y sacudieran en un movimiento fluido. Con
su masaje, sus dedos despertaban en los músculos
cansados y en los cuerpos desgastados el impulso de
vibrar, estremecerse y bailar. “Dejaba que sus dedos se
deslizaran y los músculos seguían al compás” dije,
haciendo la demostración.
“Qué extraño” –brotó débilmente de una cara
sofocada por una almohada. ¿Era mi monólogo o mi
toque?
Luego seguí masajeando la espalda de mi hija y nos
quedamos en silencio. Después de un momento, me
preguntó: “¿Entonces, quién salió primero?”
-“¡No lo vas a creer! –dije-. ¡Fue un bebé!” Y le
expliqué que en el mundo no había nada comparable a
los toques suaves y confiados de un bebé explorando
un mundo de piel, olores y gustos. Más suaves que
todo lo suave. Impredecibles, agradables, inquietos.
Manitos que dicen más de lo que cualquier palabra
puede llegar a expresar. Sobre la pertenencia. Sobre la
confianza. Sobre el amor inocente. Y entonces la toqué
despacito y suavemente como había aprendido del