canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 98
literatura fantástica
Juego de tronos
—Me lo cuentan los pajaritos —sonrió Varys—. Sé muchas cosas, mi dulce señora. En eso
consiste mi servicio al rey. —Se encogió de hombros—. Habéis traído la daga, ¿verdad?
—Ahí la tenéis —dijo Catelyn, que había sacado la daga de entre los pliegues de la capa,
mientras la arrojaba a la mesa ante él—. Quizá vuestros pajaritos os digan a quién pertenece. —Varys
cogió el cuchillo con una delicadeza exagerada, y pasó el pulgar por el filo. La sangre brotó al instante.
Dejó escapar un gritito y soltó la daga otra vez sobre la mesa—. Cuidado —añadió Catelyn—. Esta
muy afilada.
—No hay nada que conserve el filo mejor que el acero valyriano —dijo Meñique mientras
Varys se lamía el pulgar y lanzaba a Catelyn una mirada de reproche. Cogió la daga, la sopesó y la
agarró por la empuñadura. La lanzó al aire y la atrapó con la otra mano—. Tiene un equilibrio
perfecto. Así que el motivo de tu visita es la búsqueda de su propietario. Para eso no tenías que hablar
con Ser Aron, mi señora. Debiste acudir a mí.
—Si hubiera acudido a ti, ¿qué me habrías dicho?
—Que sólo hay un cuchillo como éste en todo Desembarco del Rey. —Cogió la hoja entre el
índice y el pulgar, la alzó por encima del hombro y la lanzó con un golpe experto de muñeca. Fue a
clavarse en la puerta de roble, donde quedó vibrando—. Es mía.
—¿Tuya? —Aquello carecía de lógica. Petyr no había estado en Invernalia.
—Lo fue hasta el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey —dijo al mismo tiempo que
cruzaba la habitación para arrancar la daga de la madera—. Aposté por Ser Jaime en la justa, igual que
la mitad de la corte. —La sonrisa tímida de Petyr hacía que volviera a parecer casi un niño—. Loras
Tyrell lo descabalgó, y muchos perdimos una pequeña fortuna. Ser Jaime perdió cien dragones de oro,
la reina un colgante de esmeraldas y yo, mi daga. Su Alteza recuperó el colgante, pero el ganador de la
apuesta se quedó con todo lo demás.
—¿Quién? —exigió saber Catelyn, con la boca seca de miedo. Los dedos le dolían, con el
dolor del recuerdo. Lord Varys le escudriñaba el rostro.
—El Gnomo —dijo Meñique—. Tyrion Lannister.
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