canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 97
literatura fantástica
Juego de tronos
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Soy el jefe de la moneda, el consejero del rey.
Selmy y Lord Renly han partido hacia el norte para recibir a Robert, y Lord Stannis se encuentra en
Rocadragón, así que sólo quedamos el maestre Pycelle y yo. Y yo era la elección obvia, claro. Varys
sabe que siempre fui amigo de tu hermana Lysa...
—¿Sabe Varys...?
—Lord Varys lo sabe todo... excepto qué haces aquí. —Arqueó una ceja—. ¿Qué haces aquí?
—Una esposa tiene derecho a añorar a su marido, y si una madre necesita tener cerca a sus
hijas, ¿quién se lo puede negar?
—Muy bien, mi señora —dijo Meñique entre risas—, muy bien. Pero no pensarás que me lo
voy a creer, ¿verdad? Te conozco demasiado bien. Recuérdame, ¿cuál era el lema de los Tully?
—Familia, Deber, Honor —recitó Catelyn, tensa. Tenía la garganta reseca. Petyr la conocía
demasiado bien.
—Familia, Deber, Honor —repitió él—. Tres cosas que te obligaban a permanecer en
Invernalia, donde te dejó la Mano. No, mi señora, ha pasado algo. Lo repentino de tu viaje delata su
urgencia. Te suplico que me dejes ayudarte. Los viejos amigos deberían confiar unos en otros... —
Alguien llamó a la puerta con suavidad—. Adelante —dijo Meñique.
El hombre que entró era regordete, iba perfumado y empolvado, y era calvo como un huevo.
Vestía un chaleco de hilo de oro sobre una túnica muy suelta de seda púrpura, y calzaba unas chinelas
puntiagudas de terciopelo. Tomó la mano de Catelyn entre las suyas.
—Es un verdadero placer volver a veros después de tantos años, Lady Stark. —Tenía la carne
blanda y húmeda, y el aliento le olía a lilas—. Oh, ¿qué os ha pasado en las manos? ¿Una quemadura,
mi dulce señora? Los dedos son tan delicados... Nuestro querido maestre Pycelle prepara un ungüento
maravilloso. ¿Queréis que envíe a alguien en busca de un tarro?
—Gracias, mi señor —contestó Catelyn retirando las manos—, pero el maestre Luwin se
ocupa ya de mis heridas.
—Lo de vuestro hijo ha sido muy triste para todos —dijo Varys meneando la cabeza—. Con
lo joven que es. Los dioses son crueles.
—En eso estamos de acuerdo, Lord Varys —dijo ella. Le otorgaba el título por simple
cortesía, ya que el único dominio de Varys era la telaraña de informantes y su única posesión, los
rumores.
—Espero que no sólo en eso, mi dulce señora —puntualizó el eunuco abriendo los brazos—.
Tengo en gran estima a vuestro esposo, la nueva Mano, y sé que ambos amamos al rey Robert.
—Sí —se obligó a decir ella—. Sin duda.
—Nunca hubo rey más querido que Robert —intervino Meñique, sarcástico. Esbozó una
sonrisa traviesa—. Al menos según le dice todo el mundo a Lord Varys.
—Mi querida señora —dijo Varys con solicitud—, en las Ciudades Libres hay hombres con
poderes curativos maravillosos. Sólo tenéis que decirlo y enviaré a buscar a uno para vuestro querido
Bran.
—El maestre Luwin ya está haciendo todo lo que es posible por Bran —replicó. No quería
hablar de Bran allí, con aquella gente. Confiaba poco en Meñique, y nada en Varys. No iba a permitir
que vieran su dolor—. Según me dice Lord Baelish, a vos es a quien debo dar las gracias por hacerme
venir aquí.
—Sí, sí, me declaro culpable. —Varys rió entre dientes como una niñita—. Espero que me
perdonéis, bondadosa señora. —Se acomodó en un sillón y juntó las manos—. ¿Puedo pediros que nos
enseñéis la daga?
Catelyn Stark miró al eunuco asombrada, atónita. Era una araña, pensó, o quizá un brujo, o
algo peor. Sabía cosas que nadie podía saber, amenos que...
—¿Qué le habéis hecho a Ser Rodrik? —exigió saber.
—Me siento como el caballero que llega a la batalla sin lanza. —Meñique estaba
desconcertado—. ¿De qué daga estamos hablando? ¿Quién es Ser Rodrik?
—Ser Rodrik Cassel es el maestro de armas de Invernalia —le informó Varys—. Os aseguro
que no se le ha hecho ningún daño a vuestro buen caballero, Lady Stark. Llegó a primera hora de esta
tarde. Fue a ver a Ser Aron Santagar en la armería, y hablaron de cierta daga. Al anochecer salieron
juntos del castillo y fueron a esa espantosa choza donde os alojáis. Todavía están allí, bebiendo, en la
sala común, a la espera de vuestro regreso. Ser Rodrik se alarmó mucho al ver que os habíais
marchado.
—¿Cómo sabéis todo eso?
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