canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 96
literatura fantástica
Juego de tronos
Catelyn se incorporó bruscamente. A través de la ventana se veían los tejados de Desembarco
del Rey, ahora teñidos de rojo por la luz del sol poniente. Había dormido más tiempo del que
pretendía. Un puño volvió a golpear la puerta.
—¡Abrid en nombre del rey! —exigió una voz.
—Un momento —respondió. Se puso la capa. La daga estaba sobre la mesilla de noche. La
cogió antes de abrir la pesada puerta de madera.
Los hombres que irrumpieron en la habitación vestían la cota de mallas negra y la capa dorada
de la Guardia de la Ciudad. Al ver la daga en la mano de la mujer, su jefe sonrió.
—No la vais a necesitar, señora. Venimos para escoltaros hasta el castillo.
—¿Con qué autoridad? —El hombre le mostró una cinta. Catelyn se atragantó. El sello era un
sinsonte en cera gris—. Petyr —dijo. Tan pronto. A Ser Rodrik le había pasado algo. Miró al jefe de
los guardias—. ¿Sabéis quién soy?
—No, mi señora —dijo—. Mi señor Meñique sólo nos ordenó llevaros al castillo, e insistió en
que se os diera un buen trato.
—Podéis esperar afuera mientras me visto —dijo Catelyn después de asentir.
Se lavó las manos en la jofaina y se puso vendas limpias. Tenía los dedos hinchados y torpes,
y le costó trabajo atar los nudos del corpiño y echarse una capa parda sobre los hombros. ¿Cómo había
sabido Meñique que estaba allí? Ser Rodrik no se lo habría dicho jamás. Era anciano, sí, pero también
testarudo y leal hasta la muerte. ¿Habrían llegado tarde? Tal vez los Lannister estaban ya en
Desembarco del Rey. No, si fuera así habría sido Ned el que llamara a su puerta. Entonces, ¿cómo...?
En aquel momento se le ocurrió. Moreo. El maldito tyroshi sabía quiénes eran y dónde
estaban. Catelyn esperaba que, por lo menos, hubiera cobrado un alto precio por la información.
Los guardias habían llevado un caballo para ella. Cuando se pusieron en marcha ya se estaban
encendiendo las farolas en las calles, y Catelyn sintió los ojos de la ciudad clavados en ella, en la
mujer que cabalgaba rodeada por guardias de capas doradas. Cuando llegaron a la Fortaleza Roja, el
rastrillo estaba bajado y las enormes puertas cerradas, pero en todas las ventanas se veían luces y
movimiento. Los guardias descabalgaron, dejaron las monturas en el exterior y la guiaron primero a
través de una portezuela estrecha y luego por peldaños incontables hasta una torre.
Él estaba a solas en la habitación, sentado ante una mesa de madera muy pesada, escribiendo a
la luz de una lámpara de aceite. Cuando la hicieron pasar, dejó la pluma y la miró.
—Cat —dijo en voz baja.
—¿Por qué se me ha traído aquí de esta manera?
—Marchaos —indicó a los guardias con un gesto brusco. Los hombres se fueron—. Espero
que te trataran correctamente —siguió—. Di instrucciones muy precisas. —Se fijó en las vendas—.
Tienes las manos...
—No estoy acostumbrada a que se me haga acudir como a una criada —dijo Catelyn con voz
gélida, haciendo caso omiso de la pregunta implícita—. De niño eras más cortés.
—Te he hecho enfadar, mi señora. No era mi intención.
Parecía contrito. Su rostro trajo a la mente de Catelyn recuerdos vividos. Había sido un
chiquillo muy travieso, pero tras cada trastada siempre parecía contrito. Se le daba muy bien. En eso
no había cambiado. Petyr de niño era menudo y se había transformado en un hombre menudo, tres o
cuatro centímetros más bajo que ella, esbelto y rápido, con los mismos rasgos afilados que ella
recordaba, con los mismos ojos color gris verdoso que parecían reír. Lucía una barbita puntiaguda y en
el pelo negro aparecían algunas hebras plateadas aunque aún tenía cerca los treinta años. Combinaban
de maravilla con el sinsonte de plata que, en forma de broche, le servía para cerrarse la capa. Ya de
niño le gustaba mucho la plata.
—¿Cómo supiste que estaba en la ciudad? —le preguntó.
—Lord Varys lo sabe todo —dijo Petyr con una sonrisa traviesa—. Enseguida se reunirá con
nosotros, pero antes quería verte a solas. Ha pasado demasiado tiempo, Cat. ¿Cuántos años?
—Así que quien me encontró fue la Araña del rey. —Catelyn hizo caso omiso de su
familiaridad. Tenía preguntas más importantes que plantearle.
—Será mejor que no lo llames así —dijo Meñique con un gesto como de dolor—. Es muy
sensible. Supongo que por ser eunuco. En la ciudad no sucede nada sin que Varys se entere. A menudo
se entera antes de que suceda. Tiene informadores por todas partes. Los llama «mis pajaritos». Pues
uno de sus pajaritos se enteró de tu visita. Por suerte Varys vino a hablar conmigo antes que con nadie.
—¿Por qué contigo?
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