literatura fantástica
Juego de tronos
Pero ahora los pendones que ondeaban en las almenas eran dorados, no negros, y allí donde el dragón de tres cabezas había vomitado fuego se erguía el venado coronado de la Casa Baratheon.
Un navío de mástiles altos procedentes de las Islas del Verano salía del puerto en aquel instante, con las velas blancas hinchadas por el viento. El Danzarín de las Tormentas pasó junto a él en dirección a la orilla.
— Mi señora— empezó Ser Rodrik—, mientras estaba en cama me he dedicado a pensar cuál sería la mejor manera de actuar. No debéis arriesgaros a entrar en el castillo. Iré yo, y pediré a Ser Aron que se reúna con vos en un lugar seguro.
Catelyn miró al anciano caballero mientras la galera se acercaba al muelle. Moreo gritaba órdenes en el valyriano vulgar de las Ciudades Libres.— Corréis tanto peligro como yo.— No soy de la misma opinión— dijo Ser Rodrik con una sonrisa—. He visto mi reflejo en el agua y me ha costado reconocerme. Mi madre fue la última persona que me vio sin bigotes, y murió hace ya cuarenta años. Creo que estaré a salvo, mi señora.
Moreo rugió una orden. Los sesenta remos se alzaron del río como si fueran uno solo, iniciaron un movimiento inverso y volvieron al agua. La galera perdió velocidad. Otra orden. Los remos se deslizaron dentro del casco. En cuanto llegaron al muelle, algunos marineros tyroshis saltaron a tierra para amarrar el barco. Moreo se acercó a Catelyn y Ser Rodrik, todo sonrisas.
— Ya estamos en Desembarco del Rey, mi señora, como ordenasteis. Y jamás barco alguno ha realizado el trayecto más deprisa, ni de manera más segura. ¿ Necesitáis ayuda para llevar vuestras pertenencias al castillo?
— No vamos a alojarnos en el castillo. ¿ Conoces alguna posada limpia y cómoda que no esté muy lejos del río?
— Sí, claro.— El tyroshi se acarició la barba verde—. Conozco varios locales adecuados para vuestras necesidades. Pero previamente, disculpad mi atrevimiento, está el asunto de la segunda mitad del pago, tal como acordamos. Y también la plata que, en vuestra generosidad, prometisteis como recompensa. Me parece que eran sesenta venados.— Para los remeros— le recordó Catelyn.— Claro, claro— asintió Moreo—. Aunque más valdrá que les guarde el dinero hasta que volvamos a Tyrosh. Por el bien de sus esposas e hijos. Si les dais la plata aquí se la jugarán a los dados o la dilapidarán toda en una noche de placer, mi señora.
— Hay cosas peores en las que gastar el dinero— intervino Ser Rodrik—. Se acerca el invierno.
— Cada cuál debe tomar sus propias decisiones— dijo Catelyn—. Se han ganado la plata. No es asunto mío cómo lo gasten.— Como queráis, mi señora— asintió Moreo con una sonrisa y una reverencia. Para asegurarse, Catelyn quiso pagar a los remeros en persona, un venado para cada uno y un cobre extra para los dos que transportaron sus baúles hasta la posada que les había recomendado Moreo, a medio camino de la cima de la colina Visenya. Era un local destartalado en el callejón de la Anguila. La propietaria era una vieja amargada, con un ojo estrábico que los miró con desconfianza, y mordió la moneda que le dio Catelyn para asegurarse de que no era falsa. Pero las habitaciones eran amplias y luminosas, y Moreo les había jurado que los guisos de pescado eran los más sabrosos de los Siete Reinos. Y, lo mejor de todo, la mujer no mostró el menor interés en saber sus nombres.
— Es aconsejable que no os acerquéis a la sala común— dijo Ser Rodrik cuando se hubieron instalado—. Ni en un lugar como éste sabe uno quién lo puede estar vigilando.— Tenía puesta la cota de mallas, y llevaba la daga y la espada larga bajo una capa oscura con capucha, que se echó sobre la cabeza—. Volveré con Ser Aron antes de que anochezca— prometió—. Deberíais descansar entretanto, mi señora.
Catelyn estaba cansada, sí. El viaje había sido largo y fatigoso, y ya no era joven. Las ventanas daban al callejón y a un paisaje de tejados, y a lo lejos se divisaba el Aguasnegras. Observó cómo Ser Rodrik se alejaba por las calles concurridas hasta que lo perdió de vista entre la multitud, y decidió seguir su consejo. El colchón estaba relleno de paja, no de plumas, pero no le costó lo más mínimo dormirse.
La despertaron unos golpes en la puerta.
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